La salud cardiovascular y la cerebral suelen tratarse como campos distintos, aunque comparten procesos que influyen de manera constante en el funcionamiento del organismo. El corazón garantiza el flujo de sangre, oxígeno y nutrientes, mientras el cerebro coordina funciones como el ritmo cardíaco, la presión arterial y las respuestas frente a las exigencias físicas y emocionales.
Cuidar ambos sistemas resulta relevante porque las alteraciones que afectan a uno pueden tener consecuencias sobre el otro. El estrés persistente, los cambios en el sueño, la actividad física y algunos factores metabólicos forman parte de esa relación, que reúne dimensiones fisiológicas, emocionales y cognitivas.
La investigación describe una conexión bidireccional entre el corazón y el cerebro, mediada por vías nerviosas, hormonales y vasculares. Según publicó Mayo Clinic, los estados emocionales pueden afectar el ritmo cardíaco y la presión arterial, mientras que las señales que emite el corazón también inciden en el ánimo, la atención y los niveles de estrés.
La conexión entre el cerebro y el corazón
El sistema nervioso autónomo regula funciones que ocurren sin control consciente, entre ellas la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la respiración y la digestión. Dentro de este sistema, el nervio vago constituye una de las principales rutas de comunicación entre el cerebro y varios órganos internos, incluido el corazón.

De acuerdo con Harvard, el nervio vago transporta información en ambas direcciones: lleva señales desde el cuerpo hacia el cerebro y también transmite órdenes desde el cerebro hacia los órganos. Esa vía permite que el organismo ajuste el funcionamiento cardíaco ante situaciones como el ejercicio, el descanso o una respuesta de estrés.
La Fundación Británica del Corazón indicó que, durante la actividad física, el cerebro recibe información sobre el esfuerzo que realiza el corazón y regula su respuesta para aumentar el aporte de sangre oxigenada a los músculos. Según explicó Alexander Gourine, profesor de la University College London, la comunicación autónoma puede perder eficacia en personas con enfermedades cardíacas, lo que dificulta que el corazón responda con rapidez a las demandas físicas.
La comunicación también depende de señales químicas y vasculares. Un estudio publicado en la revista Matter señaló que las pulsaciones provocadas por cada latido pueden influir en la actividad neuronal a través de cambios en la presión de los vasos sanguíneos cerebrales. Los autores describieron el papel de Piezo2, un canal iónico mecanosensible que convierte fuerzas mecánicas en señales eléctricas en determinadas células del bulbo olfatorio.

La relación se vuelve especialmente visible en ciertas enfermedades. Mayo Clinic explicó que la miocardiopatía inducida por estrés, conocida como síndrome del corazón roto, puede aparecer después de una situación estresante o de una emoción extrema. Esta afección altera de manera temporal la capacidad de bombeo del corazón y puede provocar dolor torácico similar al de un infarto.
Mohamad Alkhouli, cardiólogo intervencionista de la entidad sanitaria, indicó que durante este síndrome algunas zonas del músculo cardíaco se contraen menos y otras compensan con un esfuerzo mayor. Según explicó el especialista, esa diferencia puede generar tensión sobre las arterias coronarias y, en algunos casos, favorecer una disección espontánea de la arteria coronaria, una lesión en la pared arterial.
Qué hábitos cotidianos influyen en el eje corazón-cerebro
El estrés emocional ocupa un lugar relevante en esta conexión. Harvard señaló que el estrés crónico puede activar el sistema nervioso simpático y promover una respuesta inflamatoria que, con el tiempo, puede favorecer la acumulación de placa en las arterias.
Antonia Seligowski, profesora adjunta de Psicología de la institución educativa, afirmó que las tensiones crónicas y debilitantes se asocian con una mayor probabilidad de desarrollar afecciones cardíacas.

La relación, sin embargo, no implica que toda experiencia de estrés derive en una enfermedad cardiovascular. Los expertos subrayan que intervienen múltiples factores, entre ellos el estado de salud previo, las condiciones sociales, los mecanismos biológicos y la respuesta individual de cada persona.
Un análisis publicado en Science Advances incorporó otra variable a este campo: el ciclo menstrual. Las investigadoras plantearon que las fluctuaciones de estrógeno y progesterona pueden modificar componentes del eje corazón-cerebro y deberían considerarse con mayor frecuencia en la investigación clínica.
Según el estudio, la frecuencia cardíaca en reposo aumenta en promedio 2,33 latidos por minuto durante la fase lútea media, cuando la progesterona alcanza niveles elevados. Los autores asociaron esa variación con una reducción del control parasimpático sobre el corazón, aunque aclararon que los mecanismos neuromoleculares y las implicancias psicológicas todavía no se conocen por completo.
En el plano cotidiano, Alkhouli señaló a Mayo Clinic que el manejo del estrés, el descanso adecuado, los vínculos sociales y prácticas como la atención plena o la oración pueden aportar beneficios a la salud cardiovascular. El cardiólogo añadió que la actividad física regular, una alimentación cardiosaludable y el control de la presión arterial y el colesterol pueden favorecer el estado de ánimo y la función cognitiva.
Fuente: Infobae — Ver noticia original