PUBLICIDAD
ARGENTINA Y EL MUNDO · INFORMACIÓN DESDE TODOS LOS ÁNGULOS
Dólar oficialCargando…Venta en pesos
Dólar tarjetaCargando…Venta en pesos
Dólar blueCargando…Venta en pesos
Dólar MEPCargando…Venta en pesos
Contado con liquiCargando…Venta en pesos
Cotizaciones de referencia · Fuente: DolarAPI
PUBLICIDAD
Tu marca
en este espacio
PUBLICIDAD
Tu marca
en este espacio

Algo increíble

Ya pasó octubre, ya casi termina el año, ya tengo 43 y todavía no puedo asegurar que en algún momento de este tanto tiempo que hace que vivo haya hecho algo increíble. Algo que valga la pena contar en una reunión, popular, justo cuando la mayoría tiene una copa en mano y sea provechoso alzar…
Algo increíble

Ya pasó octubre, ya casi termina el año, ya tengo 43 y todavía no puedo asegurar que en algún momento de este tanto tiempo que hace que vivo haya hecho algo increíble. Algo que valga la pena contar en una reunión, popular, justo cuando la mayoría tiene una copa en mano y sea provechoso alzar la voz para entrar en el tema y decir, en medio del alboroto que se mezcla con la música, “una vez yo”, y continuar con lo que sigue. Lo increíble. Podría intentarlo con una lista de sucesos algo mustios, pero nada que pueda pararse de pecho erguido frente a, por ejemplo, las veces en que Ezequiel se escapaba de su casa por la ventana y por las noches a los 13 para subirse al auto de un vecino que quién sabe si tenía registro y viajar más de cien kilómetros hasta una discoteca que no debía dejarlo entrar. Por ejemplo, el año en que Victoria decidió pedirle a sus padres que a los 16 la emanciparan para viajar sola y por meses por América Latina. Yo no tengo nada como lo de Camila, que a los veintipico aceptó casarse con su novio y organizó una fiesta para muchos y unas horas antes de la boda lo canceló todo. Ni siquiera tengo una hazaña de salud, una gran remontada épica como la que siempre relata mi padre si le preguntan por el servicio militar obligatorio y él responde que lo hizo pero no, que cuando llegó a la base de Neuquén se enfermó, que se enfermó tanto que comenzó a perder los músculos, que perdió tanto los músculos que comenzó a dormir con los ojos abiertos porque no tenía fuerza para cerrar los párpados, que volvió a su casa en silla de ruedas y con cuarenta kilos en total, pese a su metro ochenta, que estuvo meses en un gimnasio para recuperarse.

Tengo en la memoria un par de tortas que cociné y de las cuales me puedo sentir bastante orgullosa. Un brownie húmedo y chocolatoso y con la costra de encima quebrada como se debe, un dulce de leche bien comprado, un merengue italiano altísimo, airoso como el comienzo de la primavera de Vivaldi. Mi primera borrachera, justo en la noche en que despedíamos en un club del conurbano al chico que me gustó durante la primaria, durante la secundaria, porque se iba a estudiar quinto año a otro país. Cuando quise volver a mi casa tuve que trepar un portón de tres metros porque no lo pude abrir. La tarde en que con seis años me fui de la playa en la que estaba junto a mi familia para caminar sola por la ruta. Podría contar sobre la madrugada en que me metieron presa, pero no es cierto. Aunque podría mentir para no ser siempre correcta y decir que una vez la policía me sacó de un boliche y me llevó en patrullero a una comisaría. Tal vez podría exagerar para darle ese tono de tinte aventurero y evitar contar que nunca estuve en un patrullero, que en la comisaria pasé tan solo unos minutos, que la madre de un amigo me sacó al instante porque era jueza y arregló todo. Podría también robar una anécdota y hacerla mía. Decir que fui yo y no María la que se fue un fin de semana a una quinta con la hermana para probar ayahuasca y descomponerse y meditar y desvariar y reírse hasta llorar de la tristeza para sentirse genial. Pero a quién engañar. Nada de mi lista resulta lo bastante digna como para interrumpir con mi voz una charla, populosa, y reclamar la atención. “Ey, paren, les quiero contar de la vez en que yo”. No, nunca fui ni tan valiente ni tan osada ni tan libre ni tan impensada ni tan rebelde ni tan desprejuiciada ni tan fuerte ni tan ilegal.

El otro día en el trabajo alguien mucho más joven dijo que tiene miedo de vivir los años sin más, sin haber conseguido algo específico o particular o remarcable o digno, digno de qué, pero digno. Yo le di una respuesta simple o le dije que a mí no, que a mí me gusta lo ordinario. Pero estoy convencida de que no es así. De que es más grave. Estoy ingenuamente, idiotamente, aferrada a la idea de que tengo tiempo.

Fuente: La Nación — Ver noticia original