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Encuentros en La Habana, y el hombre detrás del mito del Che

La historia de Ernesto Guevara está escrita en millones de páginas, traducida a todos los idiomas y reproducida en los soportes más diversos. Aquí, un testimonio inédito, al cumplirse 59 años de su muerte.
Encuentros en La Habana, y el hombre detrás del mito del Che

Escribo estas líneas al cumplirse recientemente un nuevo aniversario de la muerte del Che Guevara en Bolivia, una fecha que inevitablemente me devuelve a mi propia infancia. Nunca lo conocí en persona; es más, durante muchos años su nombre me fue totalmente ajeno. Mi primera noticia de él llegó en la Ciudad de México, en octubre de 1967, donde mi padre cumplía funciones en las Naciones Unidas. Yo tenía apenas trece años cuando un voceador, en plena avenida Insurgentes Sur, interrumpió la tarde gritando con toda la fuerza de sus pulmones el titular que marcaba los diarios de la época: ¡¡¡Murió el Che Guevara!!!

A pesar de compartir la misma patria, su figura era prácticamente desconocida en la vida cotidiana de la Argentina de entonces. Los Guevara Lynch pertenecían a una de esas familias de apellido ilustre y aristocrático que se codeaban con el más alto abolengo de la sociedad porteña, aunque su realidad económica no fuera precisamente florida. Con el tiempo supe que aquel personaje místico de la revolución era recordado en el círculo íntimo de su familia simplemente como «Ernestito», el hijo de Celia y de Ernesto. Sus andanzas rebeldes formaban parte de esos temas tabú que jamás cruzaban los diálogos de las mesas familiares.

Sin embargo, los hilos de la historia me llevaron años más tarde a Cuba, donde me desempeñaba como diplomático de mi país. Fue allí donde conocí a don Ernesto Guevara Lynch, su padre, un frustado arquitecto de profesión o, al menos, de espíritu. Corría la época de la dictadura militar en la Argentina y otro de sus hijos, Juan Martín —hermano menor de Ernestito—, había sido arrestado en marzo de 1975 bajo cargos de actividad subversiva por su militancia política. Juan Martín enfrentaría un brutal cautiverio de más de ocho años que lo llevaría a recorrer cárceles de máxima seguridad como Sierra Chica, confinado bajo un número de preso en pabellones donde la muerte acechaba a diario.

Don Ernesto, que residía en la isla y recibía el trato preferencial reservado al padre del guerrillero heroico sacrificado en Bolivia, acudía fielmente cada semana a nuestra embajada. Llevaba siempre consigo una carta petitoria en favor de la libertad de su hijo; una gestión desesperada en la que, paradójicamente, el propio régimen de Fidel Castro prefirió no interferir directamente para preservar sus silenciosos pactos comerciales y diplomáticos con la junta militar de Videla.

De la frecuencia de aquellas visitas nació un diálogo permanente que, con el tiempo, se transformó en una estrecha amistad. Yo sabía que todos los miércoles puntualmente recibiría su visita. Una botella de whisky etiqueta negra se convirtió en la testigo silenciosa de nuestras largas charlas en una pequeña salita de la delegación diplomática.

Atesoro en la memoria aquellas tertulias donde empecé a vislumbrar, desde una faceta inédita, la trastienda humana del «Che». De la propia boca de su padre —quien años después plasmaría estas vivencias en sus libros Mi hijo el Che y Aquí va un Soldado de América— descubrí pasajes desconocidos de la vida del revolucionario; pasajes que resultaban tan curiosos como profundamente contradictorios.

Recuerdo con especial asombro el relato de su matrimonio con Hilda Gadea, su primera esposa, de origen peruano y quien lo introdujo formalmente en los círculos políticos de izquierda. Con ella procreó a Hildita, cuya vida terminaría trágicamente con su suicidio en 1995. Cuando don Ernesto se refería a Hilda, lo hacía de una manera ligera, casi indiferente, dejando entrever a veces, de forma un tanto despectiva, sus rasgos étnicos y lo poco agraciado de su figura.

En una ocasión, movido por la curiosidad, le pregunté directamente: «¿Por qué si Hilda no tenía ese porte ideal para su hijo, se había casado con ella?». Don Ernesto me interrumpió bruscamente: «¡Ernesto era un caballero, se tenía que casar porque ella estaba embarazada!».

Mi reacción inmediata fue de incredulidad: «¿No me diga, don Ernesto, que me está hablando de que el líder revolucionario de los pueblos, el ícono de la juventud mundial, ese mito que ha traspasado las fronteras de la inmortalidad, tuvo que casarse simplemente porque había dejado a una muchacha embarazada?».

«Era un caballero», fue su lacónica y definitiva respuesta.

Meses más tarde, fui testigo de otra paradoja que me causó igual sorpresa: el bautismo del nuevo hijo de don Ernesto, fruto de sus segundas nupcias con Ana María Erra, una joven argentina a la que casi duplicaba la edad. En plena ceremonia religiosa, celebrada en la Catedral de La Habana y presidida por el obispo de la ciudad, mi mente intentaba registrar y asimilar la escena. Allí estaba el nuevo hermano del Che Guevara —el filósofo y artífice de una ideología donde la religión no tenía cabida en la construcción del ‘hombre nuevo’— recibiendo el sacramento del bautismo católico.

Al concluir mi misión diplomática en La Habana, mantuve durante años, y hasta el final de sus días, una constante relación epistolar con don Ernesto. Guardo sus cartas con enorme afecto, así como los borradores de sus libros que me enviaba para intercambiar opiniones. En una de aquellas misivas me expresaba su ilusión de asistir a mi boda, al tiempo que me confiaba las primeras señales de su delicado estado de salud.

Fue precisamente en el marco de aquellas íntimas confesiones de los miércoles donde don Ernesto me confió el pasaje más desgarrador de su vida. Me relató que en octubre de 1967, en el instante exacto en que recibió la llamada telefónica que le informaba sobre la supuesta muerte de su hijo en Bolivia, el piso se le movió por completo.

En medio del shock, su primer impulso no fue el llanto, sino levantar el auricular para llamar directamente a Fidel Castro en La Habana. Necesitaba comunicarle la devastadora noticia, pero también saber qué procedía en un terreno donde la geopolítica ya se había tragado la privacidad familiar. Al otro lado de la línea, Fidel lo escuchó con atención y le dio una instrucción precisa: debía viajar de inmediato a Bolivia para reconocer el cuerpo, haciendo hincapié en que su misión iba mucho más allá de simplemente testificar la veracidad de los hechos ante la prensa.

Siguiendo la directiva, don Ernesto coordinó el viaje de urgencia de su otro hijo mayor, el abogado Roberto Guevara, quien voló hacia Vallegrande en un intento desesperado por rescatar los restos y certificar la identidad de su hermano. Recuerdo que mientras don Ernesto me desgranaba los pormenores de aquel doloroso periplo clandestino, la curiosidad diplomática me obligó a interrumpirlo con suavidad: «¿Realmente era él, don Ernesto?», le pregunté con la voz baja. El anciano me miró fijamente a los ojos a través del cristal de su vaso y, con una pesadumbre que parecía congelar el aire de la salita, me contestó con una rigurosa y definitiva palabra: «Sí, era él».

La historia de Ernesto «Che» Guevara está escrita en millones de páginas, traducida a todos los idiomas y reproducida en los soportes más diversos. Su rostro adorna las tribunas del progresismo y se ha transformado en un fenómeno mediático y comercial que satura camisetas, llaveros, calcomanías e incluso marcas de bebidas. Sin embargo, detrás de la iconografía de consumo, habitan realidades humanas que pocos conocen.

Se sabe, por ejemplo, que el entonces presidente argentino, Arturo Frondizi, terminó siendo depuesto por las Fuerzas Armadas apenas siete meses después de haber permitido la entrada secreta del Che al país. Tras la cumbre de Punta del Este, en Uruguay, Guevara aterrizó de incógnito en Buenos Aires para sostener una reunión de poco más de una hora en la Quinta de Olivos.

Mientras la versión oficial de la época y los despachos internacionales hablaron de una tensa negociación de geopolítica y conspiración continental, la realidad detrás del telón escondía un motivo estrictamente humano: «Ernestito» cruzaba el Río de la Plata con la urgencia de darle el último beso de despedida a su tía Beatriz, quien yacía moribunda en su lecho de San Isidro y a quien él siempre había considerado como una verdadera segunda madre.

Al final, queda la pregunta: ¿cuál es el punto de equilibrio entre el guerrillero, el revolucionario, el mito y el ser humano de carne y hueso? Aquel joven de la alta sociedad bohemia que vivía romances apasionados con chicas de la oligarquía argentina como «Chichina» Ferreyra y que, en el exilio, transformó sus pasiones en alianzas políticas y de armas junto a mujeres como Hilda Gadea, Aleida March o la mística Tamara Bunke.

Es menester analizar aquí un rasgo psicológico fundamental de su metamorfosis: su deliberada faceta de camuflar el acento argentino para transformar su lenguaje al modismo cubano. Aquella renuncia al cantito rioplatense en favor del fraseo caribeño fue un esfuerzo consciente por mimetizarse con la Revolución, una estrategia para dejar de ser percibido como el extranjero “misionero” y ser aceptado como un igual entre la tropa. Paradójicamente, aunque adoptó el hablar de la isla con calculada maestría, nunca pudo despojarse del apodo que delataba eternamente su origen: el «Che». Aquel mismo hombre que disfrutaba jugando al rugby y tomaba ron con los campesinos; el que convivía con los leprosos y, al mismo tiempo, ejecutaba con frialdad al enemigo en el campo de batalla, jamás abandonó el mate y la bombilla como última ancla inconfesable de su argentinidad.

Es en esta misma dualidad donde se hace menester analizar su famosa carta de despedida leída por Fidel en 1965. Para la hagiografía oficial, la misiva es el testamento definitivo de la entrega e internacionalismo proletario, donde renuncia formalmente a sus ministerios y a su condición de ciudadano cubano para combatir en «otras tierras».

Sin embargo, bajo una lupa analítica y desprovista de dogmas, el documento devela el verdadero trasfondo de una ruptura inevitable. El Che, incómodo por sus abiertas críticas públicas al alineamiento con la Unión Soviética y desgastado por sus rotundos fracasos económicos en la planificación de la isla, se había convertido en un obstáculo político insalvable para La Habana. Al hacer pública la carta en televisión abierta, Fidel Castro ejecutó una jugada maestra de ajedrez geopolítico: le cerró institucional y legalmente las puertas de regreso a Cuba, transformando el exilio voluntario del guerrillero en un destierro definitivo e irreversible que lo empujó sin retorno hacia su trágico final en Bolivia. El Che resguardó en su introversión los verdaderos y amargos hilos de ese desprendimiento, dejándolos sepultados bajo las solemnes líneas de su adiós formal.

Para sus seguidores ciegos, su figura simboliza la pureza de la lucha contra las injusticias sociales, la rebeldía inquebrantable y un espíritu incorruptible de entrega absoluta. Sin embargo, para sus detractors, y para quienes leen con detenimiento las páginas de su propio diario de campaña y los crudos testimonios de los fusilamientos en la fortaleza de La Cabaña, el mito de bronce se desmorona; lo consideran un asesino inescrupuloso y fanático, un hombre implacable que ejecutaba sin el debido proceso en nombre de la ideología.

A esta faceta sanguinaria se suma la crítica generalizada a su nefasto paso por la administración pública de la isla, donde su gestión como Ministro de Industria y Presidente del Banco Central de Cuba dejó una estela de decisiones económicas desastrosas que hundieron la productividad del país. Hoy, en un nuevo aniversario de su muerte, no pretendo entrar en polémicas estériles. He querido, simplemente, rescatar las dimensiones de una personalidad compleja y contradictoria a través de los ojos de quien mejor lo conoció, lejos de los altares y de las consignas y recordar ese grito del diarero un 8 de octubre de 1967: “murio el Che Guevara”.

Fuente: Clarín — Ver noticia original