Que el presidente no va a aflojar en su diplomacia ideológica y personalísima no es ninguna sorpresa: porque le gusta cultivar su imagen de inflexible, no le preocupa aparecer aislado o en franca minoría en determinados ámbitos internacionales, siempre que pueda dejar sentada su voluntad de sostener fanáticamente las ideas que dice profesar, y está convencido de que la polarización, tanto adentro como afuera del país, a la larga es lo que más le conviene. Así que va para adelante en su representación del papel del “máximo referente mundial de las ideas de la libertad”, aunque la internacional trumpista ande últimamente muy de capa caída.
Por todo eso, y también porque debe pensar que las elecciones de España de fines de este mes le van a brindar un merecido consuelo a ese sector, después de varios trastazos resonantes, es que la única actividad a la que dedicó atención en ocasión de su visita a ese país consistió en repetir el abrazo con Santiago Abascal, líder de Vox y primer candidato a diputado por Madrid en estos comicios. Ni intentó siquiera un gesto de acercamiento con Pedro Sánchez, ni con Lula ni con ningún otro de los mandatarios que se cruzara en esa ciudad.
Sin embargo, mientras tanto en Buenos Aires sus funcionarios están dedicados a hacer todo lo contrario: entraron ya hace días en “fase papal” y andan repartiendo a diestra y siniestra gestos de conciliación. Y hasta algunas medidas concretas de moderación y compensación a los afectados por la estabilización y las reformas.
El jueves Luis Caputo visitó Rosario por la Primera Ronda de Negocios del RIGI, que convocó a casi dos mil empresarios, y mencionó elogiosamente media docena de veces al gobernador Maxi Pullaro, que sonreía desde el público al lado de Karina Milei. También la hermana presidencial se dedicó en esa ocasión a enaltecer el rol de las PyMEs. Que fueron asimismo objeto de una intervención muy desafiante de Patricia Bullrich: la senadora festejó como logro propio el anuncio del ministro, en su discurso de este martes en la Conferencia de la UIA, de que se suspenderían por seis meses los embargos de ARCA contra esas firmas, argumentando que había sido ella la que primero reclamó desde el oficialismo una medida de ese tipo.
“Lo planteé durante mucho tiempo porque, con cada empresario que hablaba, nos repetía lo mismo: los embargos están matando a las empresas”, escribió Bullrich en X. Y agregó un reclamo por más “medidas concretas que ayuden a mover la economía”.
Bullrich no está sola en estos reclamos por “compensaciones” y correcciones al programa. También Santilli hizo recientemente esfuerzos por diferenciarse del “ala dura” del oficialismo, mostrándose más atento a las necesidades de los gobernadores y sugiriendo que el gobierno nacional debería dejar de dar vueltas y ofrecerles de una buena vez acuerdos electorales que permitan destrabar la cuestión de las PASO y la aprobación del presupuesto.
Pero sin duda que el tono de la ex ministra es otro, y le permite cumplir un rol único en este gobierno: el de socia, no empleada, del presidente, y necesario contrapeso frente a su tendencia a equivocarse y extralimitarse. Lo hizo ante el escándalo provocado por la candidatura de José Luis Espert, luego frente al affaire Adorni, y más recientemente por el trato a los periodistas.
Recordemos que a principios de octubre, cuando Milei sostuvo que los periodistas que venían investigando el caso Libra “son los hijos de puta que se tienen que quemar en la hoguera”, Bullrich advirtió que “había cruzado un límite”: “La libertad de expresión protege siempre a la prensa cuando critica al poder… Y protege también al presidente cuando responde. Lo que pasa es que las críticas, desde mi punto de vista, se contestan con argumentos… Defender la libertad también es respetar a los que nos cuestionan. El poder siempre está bajo escrutinio”, sostuvo en declaraciones radiales que fueron la comidilla de la conversación pública por varios días.
Y recordemos también que la única vez que Milei pareció no tolerar más este juego, en que la ahora jefa de su bloque del Senado combina dosis muy arriesgadas de autonomía y diferenciación, fue en el clímax del caso Adorni, cuando ella le reclamó al entonces jefe de Gabinete que diera a conocer su declaración jurada sin más dilaciones. Pero aunque el presidente filtró en la prensa en esa ocasión que la había llamado al orden, y gritoneado nada menos que en una reunión de gabinete, no consiguió nada. Más bien empeoró su propia situación: Bullrich le contestó al día siguiente con una humorada sobre la “emocionalidad presidencial” y Adorni poco después tuvo que renunciar.
La experiencia indica, en suma, que Milei necesita a Bullrich a su lado. Y que va a tolerar todas las diferencias que ella plantee, incluso va a aceptar su injerencia en la toma de decisiones importantes, al menos mientras el malhumor social sea elevado y un porcentaje de votantes vital para la supervivencia del gobierno, y la reelección presidencial, mantengan una mínima esperanza en la capacidad del Ejecutivo de sacar el país adelante gracias a la presencia de ella en el oficialismo y a su gravitación en la gestión.
¿Qué podría alterar este juego? Que la economía vuele, y entonces aquel malhumor y este apoyo condicionado disminuyan sensiblemente, algo muy improbable. O que la economía se derrumbe, y al malhumor ya nada lo contenga, algo también bastante improbable. Por eso, aunque no lo parezca, el juego entre Milei y Bullrich, haciendo las veces respectivamente del terco inflexible y de la amable y tolerante republicana (¡quién lo diría!), gracias al aprendizaje que ambos jugadores han atravesado, es bastante estable, mutuamente provechoso, y se va extendiendo, ahora involucrando la entera gestión económica.
Fuente: TN — Ver noticia original