Es octubre de 2026 en el sur del conurbano bonaerense. Entre tantos días de lluvia, se coló uno de sol. Casi como un oasis, un respiro, un bálsamo. Una trinchera de la imaginación que se planta frente a la rutina. Y justo ese día, como si fuera la primera metáfora de la tarde, fuimos a conocer la Biblioteca Popular Julio Cortázar, en Lomas de Zamora.
Acá parece habitar otra línea temporal. “La Cortázar” funciona en una bonita casona de estilo inglés, bastante representativa del barrio. Tiene un patio grande al frente, con un mástil en el que flamea la bandera argentina. Algunos bancos de plaza antiguos, pero bien cuidados, invitan a quedarse. En el piso, juegos dibujados como la rayuela conviven con pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo.
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La biblioteca está al fondo. Allí hay más de 4.000 libros de las más variadas temáticas, disponibles para los vecinos. No hay wifi a la vista, pero sí poemas en las paredes. También funciona un centro de salud que brinda atención psicopedagógica, psicológica y oftalmológica a menos de la mitad de lo que cuesta en el ámbito privado.
Además, se realizan talleres y pequeñas obras de teatro.
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Un fruto de las asambleas barriales
La biblioteca nació en 2002, cuando el barrio estaba convulsionado por asambleas casi diarias. Los problemas que reunían a los vecinos tenían que ver, casi siempre, con la subsistencia. En ese contexto, pensar en un espacio para la imaginación podía sonar extraño. La mayoría estaba sin trabajo y pensaba cómo atravesar una crisis que hacía que los siglos XX y XXI se dieran la mano.
De hecho, el día en que surgió la idea de crear una biblioteca popular, el eje de la asamblea era otro.
“Estábamos en alerta porque querían medir el agua y muchos no sabían si la iban a poder pagar”, recuerda Susana Chirante, directora de la biblioteca y una de sus socias fundadoras, en diálogo con El Destape.
La pregunta inevitable es por qué pensar en una biblioteca en medio de la crisis de 2001, cuando ni siquiera el acceso al agua estaba asegurado.
“¿Por qué no lo íbamos a hacer en ese momento?”, pregunta retóricamente. Y agrega: “La literatura te abraza. La cultura te abraza y, justamente, en los momentos de mayores crisis es cuando más se necesitan”.
Chirante fue docente de primaria en varias escuelas de la zona y hoy entiende a la biblioteca como un espacio que trasciende los libros. “La biblioteca es totalmente un lugar de resistencia. Acá hemos pasado épocas malas, no solo de dinero como esta, sino también malas épocas de encuentro, con la gente alejada entre sí. La cultura y el encuentro siempre fueron una resistencia a lo malo que pasa”, sostiene.
“La cultura y la literatura no son excluyentes. Están inmersas en la sociedad y, desde las bibliotecas populares, gritamos: ¡Estamos acá no solo para sobrevivir, sino para vivir mejor!”, define con claridad.
Un lugar de encuentro desde mediados del siglo XX
Desde 1948, en esta casona funciona una sociedad de fomento y un centro de jubilados. Susana recuerda cómo llegaron a este lugar hace más de dos décadas. “Les llevamos la idea de generar un lugar de encuentro para el barrio, donde, además de libros, se proyectaran películas y se hicieran obras de teatro. Los dueños eran bastante grandes y tenían sus reparos”, cuenta.
Los primeros tiempos no fueron fáciles. Los libros llegaban a través de donaciones y la convocatoria se hacía casa por casa, con volanteadas. “Hacíamos los inventarios a mano porque no teníamos computadoras. Todo era a pulmón”, recuerda.
Ornella Dubini es tesorera y responsable del centro de salud. Para ella, este espacio es fundamental para el barrio y los vecinos lo cuidan como una parte importante de sus vidas.
“En lo que respecta a la niñez, cada vez son menos las familias que pueden solventar un tratamiento particular o que tienen obra social. Entonces, en ciertos momentos del año, la demanda es mucha”, explica en charla con el mismo medio.
En ese punto, también destaca el vínculo de los chicos con los libros. “Está la idea de que los chicos están lejos de la lectura. Sin embargo, cuando les ofrecés muchos libros a un grupo de niños, se desesperan por mirarlos. Hay algo del encuentro con el libro que todavía ocurre y es mágico”.
Susana escucha y agrega: “Los chicos que vienen no sienten miedo cuando entran. Se sienten bien. No hay algo solemne como el que tenían las bibliotecas para nosotros cuando éramos chicos, que nos daba miedo hablar. Acá es un lugar donde se sienten cómodos. Eso es hermoso”.
Venir en búsqueda de un libro, irse con un amigo
Sebastián Calveiro lleva casi una década como bibliotecario. Pero también es, de alguna manera, uno de los psicólogos del barrio.
“Vos ves que muchos vienen en búsqueda de un libro, pero en realidad vienen a buscar contención. Gente que vive sola, que no tiene para los remedios, que no llega a fin de mes, viene a buscar mucho más que una lectura”, cuenta.
Sebastián es de Fiorito. Reparte sus días entre la biblioteca, la herrería y hasta la venta de huevos para llegar a fin de mes. Entiende que son tiempos muy difíciles, pero asegura que no cambiaría por nada su rutina entre novelas y amigos del barrio.
“Cuando hice la carrera de bibliotecario, siempre elegí las bibliotecas populares para estar en la trinchera. Yo podía estar en otros lugares, seguramente con otro sueldo, pero cada uno busca su identidad y la mía está acá”, afirma.
Dice que hay algo de las relaciones humanas que solo se aprende en el día a día. “La experiencia te permite hacer un escaneo muy rápido de cada persona que viene por primera vez. Entendés bastante claramente por qué vienen y qué están buscando. No hay un libro para todos. No es que hay libros hits: depende de cada persona, de qué está transitando y de qué viene a buscar”.
Y ejemplifica: “Si vos venís buscando algo parecido a Padre rico, padre pobre o un libro sobre cómo usar el cerebro, yo no te puedo dar uno de literatura o de historia porque no te va a gustar. Tengo que buscar lo ideal para vos y saber qué te va a interesar. Después, si volvés, puedo ir sacándote de a poco de tu zona de confort y ayudarte a expandir tu mente”.
Ornella suma otra dimensión a ese vínculo: “También hay gente que es lectora, que viene con su listita y que por ahí no tiene 60 o 70 lucas para comprarse un libro. Gracias a este lugar puede seguir disfrutando de su pasión”.
Nuevos viejos tiempos
El paralelismo entre 2026 y aquel 2002 es inevitable. Aparece una y otra vez en la charla. Los puntos en común son muchos y variados, pero hay un aspecto en el que Susana ve una diferencia especialmente apenada. “La gente se metió para adentro”, afirma con tristeza.
“En los tiempos de las asambleas creíamos que las salidas eran colectivas, que tenían que ver con juntarse. La gente hoy cree que venir ya no le va a dar lo que necesita para ir al supermercado. Es como si se metieran todos para adentro. En 2001 eran más abiertos”, compara.
La tesorera, que también es docente, agrega que en los últimos años la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) aplicó fuertes restricciones a los subsidios destinados a la adquisición de nuevos libros. Esa situación complicó la renovación del material y puso en riesgo la subsistencia de estos espacios.
“Se subsiste con la cuota de los socios, con un porcentaje de los talleres, con actividades y con el equipo de salud, que cobra honorarios inferiores a la mitad de lo que cuesta un servicio privado. Pero, obviamente, está muy difícil”, revela.
Para cerrar, Susana recuerda que, en aquellas asambleas, ninguna idea esperaba durar 25 años. Se trataba, simplemente, de encontrar herramientas para enfrentar las dificultades del momento. “Nunca pensamos llegar hasta acá. Siempre fue un día a día. Hubo épocas en las que tuvimos que hacer juegos de resistencia y decir: ‘¡No pasarán por acá!’, porque la biblioteca corría peligro. Creo que los vecinos siguen valorando esas cosas”, sostiene.
Un poco de sol en la lluvia
Estamos en una época en la que la búsqueda de lo inmediato parece ser una constante. La inteligencia artificial, TikTok y el scrolleo infinito parecen dejar cada vez menos espacio para los procesos y las particularidades personales. Todo parece avanzar hacia una pasteurización de las relaciones humanas, en la que cada uno debe quedar resumido en un perfil de X.
Acá, eso no ocurre. No existen las respuestas estandarizadas ni las coreografías repetidas hasta el cansancio.
“No hay un libro que sea para todos. Al contrario, cada uno que viene tiene que encontrar su propio libro. Y ese proceso es tan importante como la lectura en sí”, dice Sebastián.
Su reflexión parece resumir el espíritu de la biblioteca que, además, lleva en su nombre un homenaje a uno de los grandes escritores nacidos en estas tierras.
Macondo conoció una lluvia interminable. En “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez escribió que duró cuatro años, once meses y dos días. En esta primavera bonaerense, el agua parece querer emular aquella historia. Pero en Banfield, entre las páginas de Cortázar y las voces de quienes sostienen esta biblioteca, hay algo que permanece a salvo del diluvio: la posibilidad de encontrarse, imaginar y resistir.
Por lo pronto, este día de sol insolente nos sirvió para conocer una vieja casona de estilo inglés en Lomas de Zamora, donde, pase lo que pase afuera, la Maga y el coronel Aureliano Buendía siguen esperando a quienes quieran pasar por sus páginas y revivir el ejercicio de imaginar a través de las palabras.