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Dos tumbas separadas por el exilio: el adiós postergado entre Celia Cruz y su madre

Cuando Celia Cruz cerró los ojos por última vez el 16 de julio de 2003, no lo hizo en su amada Cuba, sino a miles de kilómetros, en Nueva Jersey
Dos tumbas separadas por el exilio: el adiós postergado entre Celia Cruz y su madre

Fotografía de archivo, tomada en julio de 2002, en la que se registró a la legendaria cantante cubana Celia Cruz, durante una presentación en Madrid (España). EFE/Domenech Castello

Bajo el mármol del cementerio Woodlawn, en el frío del Bronx neoyorquino, la mujer que puso a bailar al planeta entero con el grito de «¡Azúcar!» descansa sobre una pequeña porción de polvo caribeño.

Celia Cruz llevó consigo a la tumba un puñado de tierra cubana envuelto con devoción, el único fragmento tangible de su patria que pudo acompañarla al más allá.

Sin embargo, ese gesto final no representaba la totalidad de su deseo: fue el consuelo resignado de una hija a quien el poder político le arrebató el anhelo más íntimo de su vida, descansar para siempre junto a los restos de su madre en La Habana.

En julio de 1960, Celia subió al avión con la Sonora Matancera rumbo a una gira de conciertos en México.

En la isla, el triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro transformaba vertiginosamente la vida cotidiana y las libertades civiles. El régimen exigía alineamiento ideológico a las figuras públicas, pero Cruz, defensora de su independencia y crítica del rumbo autoritario, decidió no regresar.

Esa decisión marcó el inicio de un castigo implacable. Para el gobierno cubano, quien no aplaudiera el proceso revolucionario pasaba de ser un artista popular a convertirse en «desertor» y «enemigo del pueblo».

Celia fue vetada de las emisoras de radio, sus discos fueron retirados de la circulación oficial y su nombre intentó ser borrado de la memoria cultural de su propia tierra. Jamás imaginó que aquel vuelo hacia México significaría cruzar una puerta que se cerraría de golpe y para siempre.

1962: la herida que nunca cicatrizó

El golpe más demoledor del exilio no provino de la distancia ni del desarraigo musical, sino de un telegrama. El 7 de abril de 1962 falleció su madre, Catalina Alfonso Ramos, cariñosamente llamada «Ollita», víctima de un cáncer terminal.

Destrozada, Celia acudió a las autoridades consulares cubanas pidiendo un permiso humanitario provisional: solo quería entrar al país por unas horas, besar la frente de su madre y darle cristiana sepultura.

La respuesta de las autoridades fue una negativa tajante y desprovista de compasión. Impedirle asistir al entierro de quien le dio la vida partió su corazón en dos.

Aquella tarde amarga se convirtió en el punto de no retorno: juró que no volvería a pisar la isla mientras rigiera el mismo sistema que le negó el derecho elemental a llorar a su madre en el Cementerio de Colón.

Tuvieron que transcurrir tres décadas para que la Guarachera de Cuba volviera a rozar el suelo patrio, aunque fuera de una manera agridulce. En enero de 1990, Celia fue invitada a cantar para las tropas en la Base Naval de Guantánamo, enclave administrado por Estados Unidos en territorio cubano.

Al concluir su presentación, Celia caminó en silencio hacia el límite que dividía la base del resto del país. Se arrodilló frente a la valla de alambre, metió la mano entre las ranuras y acarició el terreno. Con los ojos humedecidos y las manos temblorosas, recogió un puñado de tierra, lo envolvió con delicadeza en un pañuelo blanco y se lo entregó a su inseparable compañero, Pedro Knight.

Su instrucción fue rotunda: el día que ella muriera, esa tierra debía colocarse dentro de su féretro. Era el único pedazo de Cuba que el régimen no le podía confiscar.

El sueño aplazado que todavía aguarda en La Habana

La Guarachera, partió el 16 de julio de 2003 en Nueva Jersey. A pesar de la solemnidad del monumento neoyorquino, la última voluntad de Celia permanece inconclusa. Su deseo verdadero y reiterado en la intimidad jamás fue reposar en Nueva York, sino volver a una Cuba libre y democrática para que sus huesos descansaran en La Habana, pegados a la tumba de Catalina.

Hoy en día, esa voluntad sigue en pausa. Las mismas estructuras de poder que le cerraron la frontera en vida mantienen el control de la isla, impidiendo la reconciliación histórica y el retorno de sus cenizas en las condiciones de libertad y dignidad que ella exigió.

Hasta que ese día llegue, la Reina de la Salsa aguarda en el exilio, cobijada por el humilde puñado de tierra que burló la distancia para no dejarla sola en la eternidad.

Fuente: Infobae — Ver noticia original