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Tenía siete años cuando atacó por primera vez: la historia del Petiso Orejudo, el primer asesino serial argentino

Cayetano Santos Godino nació hace 130 años y fue un niño que mató niños. En diálogo con Crónica, el escritor Adrián Caetano, que investigó su vida, propone mirar también al menor que creció entre el maltrato y el abandono.
Tenía siete años cuando atacó por primera vez: la historia del Petiso Orejudo, el primer asesino serial argentino

Hace 130 años nacía Cayetano Santos Godino, conocido como el Petiso Orejudo, en Buenos Aires el 31 de octubre de 1896. Hijo de inmigrantes italianos, creció en una familia marcada por la pobreza, el alcoholismo y los golpes.

Hijo de Fiore y Lucía Godino, provenientes de Calabria. Su padre era alcohólico y golpeaba tanto a su esposa como a sus hijos. Cayetano también recibía castigos físicos de su hermano mayor, Antonio, quien sufría ataques de epilepsia.

Desde pequeño tuvo problemas de salud y dificultades para aprender. Lo expulsaron de varias escuelas por su comportamiento y su escaso rendimiento. A los cinco años ya recorría solo las calles de Almagro y Parque Patricios.

Con el tiempo comenzaron a aparecer señales de una conducta violenta. Perseguía animales, mataba pájaros a piedrazos y provocaba incendios en terrenos baldíos. Los vecinos conocían sus comportamientos y desconfiaban de él, aunque durante años sus primeras agresiones no tuvieron consecuencias judiciales.

Con el paso de los años, su nombre quedó asociado a una sucesión de ataques contra chicos y a una crueldad que conmocionó a la sociedad porteña de principios del siglo XX. Se convirtió, aun siendo menor de edad, en el primer asesino serial del país. Un niño que mataba niños.

Para el director y escritor Adrián Caetano, autor de una investigación sobre el Petiso Orejudo, la historia no puede empezar solamente por los crímenes.

“Investigué un montón y en todos los aspectos, pero por sobre todo el conocimiento público del que era víctima Godino, una verdad cercenada, llevada al mito que nunca terminaba de dar miedo sino espanto para estigmatizarla. Es más que un sicópata asesino, es un niño en primera instancia, una persona maltratada desde su génesis, marginada”, explica a Crónica Caetano al recordar el trabajo que realizó para reconstruir su vida junto al ilustrador Juan Giribaldi, con quien publicaron una biografía gráfica.

El escritor sostuvo que no encontró muestras de afecto hacia Godino. “No había indicio alguno de un gesto de amor para con él en ninguno de los documentos”, señala y agrega: “Primero fue ‘no querido’, luego un asesino”.

La violencia dentro de su casa y la falta de cuidados aparecen como elementos centrales en la reconstrucción de Caetano. El escritor explicó que su investigación buscó apartarse de la imagen monstruosa que se instaló alrededor del apodo y recuperar la dimensión humana de una historia atravesada por el abandono.

“Era difícil de empatizar con él porque no había gesto de humanidad para con él documentado, ni tampoco en su propia humanidad. Era un niño real de carne y hueso, y cuando lo empezamos a ver así el miedo apareció. Pero no tanto por él sino por toda su historia, su entorno y la falta total de sentimientos”, plantea.

También advierte que el personaje construido alrededor de sus orejas y de sus crímenes terminó ocultando parte de lo que había vivido.

Los primeros ataques: tenía menos de ocho años

El 28 de septiembre de 1904, cuando todavía no había cumplido los ocho años, Cayetano encontró a Miguel Depaola, un nene de dos años. Lo engañó para llevarlo hasta un baldío, donde lo golpeó y lo arrojó sobre un montón de espinas. Un policía que pasaba por el lugar intervino y evitó que el ataque terminara en una tragedia.

Meses después repitió el procedimiento con Ana Neri, una nena de apenas 18 meses. La llevó hasta otro terreno baldío y le golpeó la cabeza con una piedra. Otra vez, la intervención de un agente impidió que la matara.

El primer homicidio que se le atribuyó ocurrió el 29 de marzo de 1906. La víctima fue María Rosa Face, de tres años, a quien invitó a jugar y llevó hasta una zanja. Allí intentó estrangularla y después la enterró mientras todavía respiraba.

La Policía nunca vinculó la desaparición de la nena con los ataques anteriores. Años más tarde, el propio Godino confesó el crimen e indicó el lugar donde había dejado el cuerpo, pero ya habían construido un edificio y los restos nunca pudieron recuperarse.

En septiembre de 1908 volvió a atacar. El 9 de ese mes intentó ahogar a Severino González Caló, de dos años, en una pileta para caballos de una bodega. El dueño del establecimiento escuchó los ruidos y rescató al pequeño. Una semana después, la madre de Julio Botte, de 22 meses, lo encontró quemándole un párpado con la brasa de un cigarrillo.

Incendios, asesinatos y una seguidilla de ataques

El 6 de diciembre de 1908, su propio padre lo entregó a la Policía. Fiore Godino denunció que su hijo era agresivo, molestaba a los vecinos y no respondía a los castigos familiares. La Justicia ordenó su internación en la Colonia de Menores de Marcos Paz, donde permaneció hasta diciembre de 1911.

Durante esos tres años aprendió a leer, escribir y realizar algunos oficios. Según los relatos sobre su paso por el reformatorio, también sufrió agresiones de otros internos.

Al recuperar la libertad, regresó a las calles porteñas. Su padre consiguió que trabajara en una fábrica, pero permaneció menos de un mes. Faltaba, llegaba alcoholizado y tenía problemas con sus compañeros.

Los incendios

El 17 de enero de 1912 provocó un incendio en una bodega de la calle Corrientes. Después confesó que disfrutaba observar el trabajo de los bomberos y las llamas. Durante los meses siguientes provocó otros seis incendios.

El 26 de enero asesinó a Arturo Laurora, de 13 años. Lo llevó hasta una casa desocupada de la calle Pavón y lo estranguló con una soga. El cadáver fue encontrado por el propietario del inmueble, pero la Policía no consiguió identificar al responsable.

El 7 de marzo prendió fuego el vestido de Reyna Bonita Vainicoff, una nena de cinco años. La pequeña fue trasladada al Hospital de Niños, donde murió 16 días después.

La lista de ataques continuó durante noviembre. Intentó estrangular a Roberto Russo, de dos años; golpeó con una piedra a Carmen Ghittone, de tres; y atacó a Catalina Neutelier, de cinco. En todos esos episodios logró escapar.

Los ataques eran similares

Los ataques tenían características repetidas: elegía víctimas pequeñas, las llevaba a lugares apartados y las agredía con piedras, sogas o mediante incendios. También hubo chicos que sobrevivieron a sus agresiones.

Caetano no buscó ofrecer una explicación cerrada sobre los motivos que llevaron a Godino a matar. “Tampoco tengo respuestas para eso, solo apenas una teoría que radica en su discapacidad intelectual severa que todos los que lo analizaron vieron”, afirma.

En su interpretación, esa condición debe analizarse junto con la infancia que atravesó. “Alguien que no puede o a quien no se le enseña lo que es el bien o el mal no puede construirlo por sí mismo, y menos siendo un niño”, sostiene.

El escritor también planteó que Godino podía tener conciencia de sus actos, pero carecer de referencias afectivas para comprender el dolor que provocaba. “Creo, en un punto, no tenía dimensión de lo que hacía. Sí consciencia pero no parámetro afectivo alguno que pudiera despegarse del dolor o sentirlo acaso”, explicó.

El crimen de Jesualdo Giordano y la detención

El 3 de diciembre de 1912, Godino atacó a Jesualdo Giordano, un nene de tres años. Lo engañó con la promesa de comprarle caramelos y lo llevó hasta un terreno. Allí lo estranguló y lo golpeó en la cabeza con un clavo oxidado.

Después del crimen cometió un error que terminó por delatarlo: fue al velatorio de Jesualdo. Quería comprobar si el clavo todavía estaba en la cabeza del pequeño. El padre de la víctima lo reconoció porque lo había visto cuando buscaba a su hijo.

Así escribién de él los diarios de la época.

Durante la investigación, el adolescente confesó cuatro homicidios y varios ataques e incendios. Su caso generó una enorme repercusión pública y alimentó la construcción de una figura que los diarios de la época describieron con términos extremos.

Las pericias médicas realizadas durante el proceso señalaron que tenía una discapacidad intelectual severa. En 1914 fue declarado inimputable por su condición mental, aunque se ordenó su internación por tiempo indeterminado debido al peligro que representaba para la sociedad.

La teoría sobre sus orejas grandes

Las orejas prominentes de Godino también despertaron el interés de los criminólogos de principios del siglo XX. Bajo la influencia de las teorías del italiano Cesare Lombroso, que vinculaban ciertos rasgos físicos con una supuesta tendencia innata al delito, sus orejas fueron consideradas una señal de degeneración criminal.

Del libro de Adrián Caetano y Juan Giribaldi.

Esa mirada, propia de la época, alimentó la construcción de su imagen como un delincuente nato. En 1927, mientras estaba preso en Ushuaia, incluso fue sometido a una operación para reducir el tamaño de sus orejas, aunque la intervención no modificó la percepción que ya se había instalado sobre él.

Ushuaia, el encierro y una muerte rodeada de versiones

Primero fue enviado al pabellón de delincuentes alienados del Hospital de Mercedes. Allí intentó matar a otros pacientes y escapar. Después de una apelación de la Fiscalía, la Justicia dispuso su traslado a la Penitenciaría Nacional.

En 1923 llegó a la cárcel de Ushuaia, conocida como la prisión del fin del mundo. Permaneció allí durante sus últimos 21 años de vida, rodeado de un ambiente hostil y con dificultades para relacionarse con los demás internos.

El petiso orejudo en la cárcel del fin del Mundo. 

Para el escritor, el encierro no significó el final del sufrimiento de Godino. “Su vida en la cárcel es la continuación del infierno afuera. No hubo paz en su vida, en su corta vida si tenemos en cuenta que fue encarcelado siendo un menor de edad y sin defensa alguna que atenuara su pena”, describió.

Godino murió el 15 de noviembre de 1944, a los 48 años. La versión oficial atribuyó su fallecimiento a una hemorragia vinculada con una úlcera gastrointestinal. También circuló la versión de que otros presos lo habían golpeado después de que matara a un gato del penal.

Sus restos fueron enterrados en el cementerio cercano al penal, pero la tumba fue profanada y sus huesos desaparecieron. Con el paso del tiempo, su figura trascendió los expedientes judiciales y se convirtió en una leyenda negra de la Argentina.

Del libro de Adrian Caetano y Juan Giribaldi.

“Es aberrante todo lo que sucedió y creo que tanto él como sus víctimas fueron parte de algo aberrante. Sí, él fue el ejecutor de esa aberración, pero no creo que haya sido quién empezó todo. Veo a un niño maltratado y con una discapacidad severa que nunca fue querido ni cuidado ni atendido. Sus víctimas fueron otros niños indefensos”, agrega Caetano.

Todos los crímenes del Petiso Orejudo fueron cometidos cuando era menor de edad, dejaron una marca que atraviesa generaciones y abrieron preguntas sobre la violencia infantil, el abandono y la respuesta de las instituciones frente a un caso que no deja de conmocionar.

Fuente: Crónica — Ver noticia original