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Es sobreviviente de Cromañón y le cambió la vida a miles de rockeros: “El rock es rebelarse hasta de lo que se viste de rebeldía”

Es sobreviviente de Cromañón y le cambió la vida a miles de rockeros: "Morí y renací". Rock nacional. Música. Productora musical. Tragedia. Recitales.
Es sobreviviente de Cromañón y le cambió la vida a miles de rockeros: “El rock es rebelarse hasta de lo que se viste de rebeldía”

Un mate antes de empezar la entrevista. Una conversación que, casi sin proponérselo, hace un «omitir intro» y va directo al centro de la historia. “¿Sabés que después de Cromañón aprendí que tomar mate en soledad era, para mí, como dialogar con Dios? Hay una comunión, un diálogo con el infinito, en el que me encuentro con Dios. Es como rezar, pero más divertido”, comienza.

Martín Cornide prepara el mate y encuentra en ese gesto cotidiano una manera de explicar algo que excede las palabras. Así es él. Lo espiritual y lo terrenal conviven en su relato con la misma naturalidad con la que aparecen los Redondos, la meditación, el Conurbano bonaerense o las tradiciones de los pueblos originarios de México y Perú. Hay una búsqueda de sentido en la que el todo y cada una de sus partes parecen atravesar toda la conversación, como si cada experiencia formara parte de una misma trama.

Un adolescente en problemas

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Sobrevivió a Cromañón, la tragedia del 30 de diciembre de 2004 que dejó 194 muertos y marcó para siempre la historia del rock argentino. Después de aquella noche, le dijo a su padre que se había salvado para seguir yendo a recitales. No sabía todavía que esa decisión terminaría convirtiéndose en el comienzo de otra historia: la de un joven que se propuso cambiar las condiciones en las que miles de personas viajaban para ver a sus bandas favoritas.

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Según cuenta Martín, aquella tremenda noche, en la que terminó despertando en el Hospital Penna sin saber muy bien quién lo había llevado hasta allí, le robó su adolescencia para siempre. “Siento que no tuve adolescencia. Mi mamá decía que me fui a un recital siendo un pibe y volví como otra persona”, asevera.

“Es difícil para mí explicar lo que viví esa noche porque es algo que trasciende el lenguaje. Lo que se tiñó fue una experiencia de lo que podríamos llamar el infinito. Éramos cientos sintiendo la muerte nuestra y la de nuestros amigos, todos al mismo tiempo. De esa experiencia en la que entendés que la vida no es otra cosa que un juego fugaz, no podés nunca salir igual”, explica al inicio de la charla con El Destape.

Los «Cromañones andantes»: de las ideas a las acciones

En 2005, durante un viaje a La Plata para asistir a un recital del Indio Solari, Martín se encontró con una escena que lo devolvió a la tragedia. Un colectivo preparado para 35 personas llevaba alrededor de 70 pasajeros. Algunos viajaban colgados de las ventanas; otros, sentados en el techo.

La imagen era demasiado elocuente. Había pasado poco tiempo desde aquella tragedia en el barrio de Once, pero el riesgo seguía naturalizado. No solo naturalizado, sino casi reivindicado, como si poner en juego la propia vida fuera un valor extra, un tributo de amor a la banda de rock preferida.

Para Martín, aquella situación era una prueba de que la posibilidad de otra tragedia no había desaparecido. Los recitales y sus alrededores estaban llenos de lo que él empezó a llamar «Cromañones andantes». Junto a un amigo, decidió que algo tenía que cambiar. Crearon la empresa de viajes “Rocanrol del país”, con las que organizaban los traslados de fans. No se trataba de dejar de ir a los recitales ni de renunciar a una pasión que había sobrevivido incluso a la tragedia. Se trataba de poder vivirla de otra manera.

En 2008, la idea inicial fue modesta: organizar una combi para que los fanáticos pudieran viajar sentados. La demanda los sorprendió. Enseguida necesitaron cuatro vehículos. Habían creado una idea revolucionaria, que ponía la seguridad como una condición central de su trabajo. La premisa era sencilla, aunque no siempre se cumplía en el circuito de los recitales: el público del rock no era ganado. Merecía un trato digno.

De una combi a una revolución para miles de personas

El proyecto creció hasta convertirse en una estructura de logística y producción capaz de trabajar en recitales multitudinarios. La seguridad dejó de ser una preocupación individual para transformarse en una forma de organizar el negocio. En su punto máximo, el equipo llegó a trasladar a 6.400 personas, sin contar a los coordinadores, para el último show del Indio Solari. La operación incluyó 110 colectivos de dos pisos habilitados, dos unidades vacías de reserva ante posibles emergencias, 285 integrantes del staff y la contratación exclusiva del Club Estudiantes de Olavarría.

La escala alcanzada también los llevó crear una segunda compañía: Rocanmusic, con quien produjeron espectáculos de hasta 50.000 personas. Trabajaron en estadios, velódromos e hipódromos con bandas como La Renga, en Navarro y Pergamino, y Casi Justicia Social, el proyecto que después se convirtió en Don Osvaldo.

Incluso con esta última banda llegó a trabajar con los mismos músicos de Callejeros, en un increíble guiño del destino. “Nunca hablamos demasiado de esa noche, ni con Pato ni con el resto de la banda. Un poco por no abrir aquella herida y otro poco por respetar el dolor de los que ya no están”, revela. Pero el crecimiento no estuvo exento de prejuicios. Al principio, las empresas de transporte se resistían a alquilarles unidades modernas. La explicación era la habitual: los rockeros rompían los colectivos. La edad de los organizadores tampoco jugaba a su favor. “Llegué a pedirle a mi viejo que nos acompañara a las reuniones para que nos tomaran en serio”, dice entre risas.

Con el tiempo, lograron demostrar que el servicio podía ser rentable y que el público estaba dispuesto a pagar más por viajar en mejores condiciones. “No faltaba quien nos decía que éramos unos caretas porque la gente viajaba bien. Pero después, los mismos que nos criticaban empezaron a copiarnos”, dice. La seguridad no era un lujo superfluo, sino una inversión que tenía sentido tanto para los pasajeros como para las empresas.

La dignidad como forma de rebeldía

Las reglas de sus empresas no admitían demasiadas interpretaciones: estaba prohibido fumar dentro de las unidades, no se permitía la sobreventa, cada pasajero debía tener su asiento y si no había lugar para todos, no se podía improvisar una solución a costa de la seguridad de quienes viajaban.

En un ambiente donde muchas de esas condiciones no siempre estaban garantizadas, establecer límites implicaba desafiar costumbres arraigadas. También suponía asumir mayores costos y sostener una propuesta que no competía necesariamente por ser la más barata. “El rock nunca se trató de ser sumiso ante la indiferencia y ante la estafa. El rock para mí es rebelarse hasta de lo que se viste de rebeldía. Si tu vida corre riesgo, no es de buen rockero ignorar eso y no rebelarte ante lo establecido”, define.

La respuesta llegó desde el propio público. Los pasajeros elegían el servicio por el confort, la organización y la tranquilidad de saber que alguien se había ocupado de cuidar los detalles. Lo que al principio podía parecer una exigencia excesiva terminó convirtiéndose en una referencia para otros organizadores. Incluso, la incorporación de comida vegana a la oferta gastronómica de algunos shows respondía a una mirada más amplia sobre el consumo y el respeto por otras formas de vida.

Para Martín, el rock “nunca fue solamente música”, sino que “una escuela, una comunidad y una filosofía desde la cual pensar el mundo”. Por eso, la mayor conquista de su trabajo no estuvo necesariamente en las cifras de pasajeros transportados ni en la dimensión de los espectáculos organizados. Estuvo en haber contribuido a que miles de personas exigieran mejores condiciones y dejaran de aceptar como inevitable aquello que podía evitarse.

“Siento que el mayor éxito que tuvimos fue no menospreciar al público del rock. Lo empoderamos. Es un público muy popular que quizás no tenía un poder adquisitivo tan alto y lo que tenía se lo gastaba en rock. Entonces, era una responsabilidad, porque era gente que necesitaba un fin de semana cada tanto para pasarla bien y gastarse lo que le costó ganar. Solo queríamos honrarlos”, manifiesta.

Cuidar la vida en todas sus formas

La historia de Martín no termina en sus creaciones. Con el paso de los años, su compromiso se extendió hacia el ambientalismo y la protección animal (una parte importante de las ganancia fue para ese fin). También da clases de yoga en cárceles y barrios de emergencia. La idea de cuidar la vida en todas sus formas pasó a funcionar como una síntesis de su mirada, una manera de conectar sus experiencias y de revisar sus propias decisiones.

Desde hace años, junto a su compañera, la actriz colombiana Carolina Ramírez, reconocida por sus trabajos en La Reina del Flow y En el barro, recorre tribus y pueblos originarios de toda América Latina en busca del autoconocimiento y la meditación.

“Lo de Caro se dio normal, como cualquier pareja que se conoce. Toda mi vida profesional me acostumbré a trabajar con artistas y eso siempre fue parte de mi cotidianeidad. Igual, a Caro yo no la conocía. La conocí porque estaba haciendo una campaña para alimentar a perros de la 1-11-14 y ella me habló para darme alimentos. Yo la contacté con mi papá porque estaba de viaje por Estados Unidos. Quedamos hablando por WhatsApp, hasta que un día la invité a un concierto, sin demasiadas esperanzas de que viniera. Cuando vino, comenzó nuestra historia”, relata.

Además, hace pocos meses fueron padres de Sur, su primer hijo, algo que Martín define como “el momento máximo de plenitud y la aventura más intensa de su vida”.

En lo profesional, hace tres años decidió tomar distancia de la productora y de la comunidad que había construido alrededor de ella. Fue una decisión vinculada con la búsqueda de una mayor coherencia entre su filosofía de vida y sus prácticas cotidianas.

Creó una tercer empresa, que funciona con proyectos en Argentina, Colombia y México que es Resonance, orientada a la conciencia y el bienestar. Quedó atrás una etapa que había comenzado con una combi y que llegó a involucrar a miles de personas en algunos de los recitales más multitudinarios del país. Ahora, la aventura de la paternidad fue inundando sus días y los de Carolina.

Hablar con Martín es hablar con alguien que parece haber vivido mil vidas en una. Desde el pibe del partido de Moreno que solo quería hacerle el aguante a Ojos Locos hasta el hombre que conoció a algunos de los chamanes más poderosos de México y Colombia. Desde el cuidado animal hasta las luces de los grandes shows multitudinarios, todo convive en quien reconoce que «suele meditar con la camiseta de River». Todo forma parte de esa mirada de quien toma mate en soledad como si mantuviera una conversación con la trascendencia.

Pensar que el comienzo de todo fue aquella experiencia en la que casi se le apaga lo que fue su primera vida. “A veces siento que esa noche morí y renací”, cierra.

Fuente: El Destape — Ver noticia original