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Norman Briski: sus 10 años en el exilio, el secreto de sus películas con Fernando Ayala y una confesión sobre la muerte

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Norman Briski: sus 10 años en el exilio, el secreto de sus películas con Fernando Ayala y una confesión sobre la muerte

Del 2 al 13 de noviembre, la Ciudad de Buenos Aires será escenario del Festival Homenaje a Norman Briski, una propuesta que reunirá durante 12 días obras teatrales de su autoría, dirección y supervisión en espacios populares y alternativos. Con entrada libre y contribución solidaria, la programación incluirá Sexágono, Fuerza Mayor, del grupo Che Adelita, Hermana Rueda, Hydra, La posta de los generales, La oreja de la calle, Piedra Libre y La propiedad es la maldición de la hermandad, una obra de títeres para todas las edades a cargo del Elenco Anfibio de Teatro Popular.

A sus 88 años, Briski dialogó con El Destape Web en una entrevista íntima donde advirtió sobre las dificultades que enfrentan los jóvenes artistas y recordó los diez años que pasó en el exilio antes de regresar a la Argentina. Además, habló sobre su experiencia en el cine, la relación entre sus convicciones políticas y su trabajo artístico, y la paternidad después de los 70.

¿Te gustan los homenajes?

– Este fue un invento de Eduardo Misch que yo no me esperaba. Nunca sé muy bien cómo reaccionar, siempre me resulta problemático pensar qué es lo que tengo que hacer en esas situaciones, así que hago obras de teatro. Me gusta pensar Calibán como un lugar que siempre se acerca un poco a lo que pasa socialmente y en el que todos los que están estudiando pueden pertenecer a un grupo. Por eso siempre está Pavlovsky (Eduardo) en la cartelera o hay obras de autores que son actores en formación y que están desarrollando dramaturgias.

En ese sentido, siempre es lindo entrar al teatro y ver jóvenes que se están inspirando, jugando y que hacen que todo tenga sentido, aún cuando hay un entorno que no los deja. El conflicto está a pocas cuadras de donde tenemos el teatro: se siente el ruido de lo injusto, de las reivindicaciones, de la bronca. Resonamos con todo eso y sentimos que hacemos una entrega generosa, porque no hay otro interés que hacer pensar e ir a los lugares donde están los conflictos.

¿De ahí surge la idea de llevar el festival Briski en escena más allá del teatro Calibán a, por ejemplo, el Barrio Padre Mugica?

– Sí, eso fue un requisito. Siento que hay una necesidad urgente de atender lo que está pasando con el hambre y la desocupación, con una manifiesta idea de una política en contra de de mucha gente, y en el festival hablamos de eso como un hecho poético. No lo hacemos como denuncia porque el panfleto pertenece a otra estética.

¿Qué espacio tienen hoy las propuestas teatrales que invitan a pensar y no meramente a entretener?

– Los lugares donde se programa teatro comercial tienen la cabeza puesta en ser rentables y cuando pensás en producir de esa forma inmediatamente entrás en una idea de mercado de la que es difícil salir. Entrar en ese circuito es someterse a lo que el mercado te dice que hagas… eso es una enfermedad del consumo.

Hoy veo una especie de vacío existencial muy conectado con la tecnovida y no con la parte expresiva que puede tener una sociedad con su latencia; hay mucha gente que está sintiendo una angustia sobre lo que está haciendo con su vida. Es una imagen triste. Del otro lado estamos quienes, sin ninguna espera, buscamos crear propuestas teatrales diferentes desde el entusiasmo.

Sos anti sistema…

– Por eso me tuve que exiliar 10 años, por haber hecho teatro popular en los barrios y mostrar lo que se reivindicaba en las comunidades. He pagado y sigo pagando ciertos precios, pero también tengo amores y afecto en la calle todo el tiempo. Me siento recompensado con mi gente y con mi barrio, siempre fui del mismo lugar. Durante un tiempo los que me miraban raro eran los judíos ortodoxos -por mis ideas y pensamientos sobre el genocidio del pueblo palestino- pero ahora modificaron sus maneras.

Lo cierto es que yo siempre he sido consecuente en mis luchas y en las estéticas que sigo, y siempre busqué hacer algo que trascienda para lograr que la gente sienta que la vida es mucho más linda de lo que se le propone.

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“Tengo miedo a morirme, pero no me paraliza porque soy un pibe”

¿Cómo fueron tus experiencias haciendo teatro en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica?

– Extraordinarias y también muy dolorosas. Viví la tristeza de creer que lo que había logrado respondía a una sociedad que no era la que estaba queriendo querer. Y ahí se abrían dos caminos posibles: te podía ganar el exilio o te podía ganar la adopción de un nuevo lenguaje y sus maneras. En mi caso, yo estaba abierto y viví un renacimiento cultural.

Pero te dolía saber que no podías volver a Argentina.

– Sin dudas. Apenas pude, regresé a Buenos Aires con un estatus de profesor de teatro en universidades de primera línea. Tuve que reinsertarme y empezar de nuevo, pero elegí volver. Hubo muchos que se quedaron en Canadá, Estados Unidos y Francia…

Cuando volví del exilio ya había tenido la experiencia de alquilar un lugar y hacer teatro popular en Francia, España y en Nueva York, así que quise hacer lo mismo en Buenos Aires, con un espacio propio en el que desplegar mi identidad.

Te llevo al cine. Hace poco volví a ver La guita, de Fernando Ayala. Hacés 5 personajes en una película, impresionante…

– Siempre me consideré un actor eficaz. Creo que Fernando Ayala y Héctor Olivera pudieron verlo y a mí me interesó trabajar con ellos por su interés en hacer un cine social. Ellos tenían inquietud por meterse en hechos sociales atractivos y convertirlos en comedias que no fueran baratas, siguiendo el estilo de las películas de Pepe Iglesias o Niní Marshall que fueron el mejor cine que tuvo nuestro país.

La guita es una película que a mí me gusta y también fue una de las que propulsó mi salto a la fama, como pasó con La fiaca.

¿Qué diferencias encontrás entre aquel cine comprometido con la realidad social y el lugar que ocupa hoy la cultura?

– Se está cercenando la posibilidad de que muchos jóvenes talentosos puedan hacer cine y televisión, y eso es grave. No es la primera vez que sucede en Argentina la funesta prohibición de películas y artistas asociados.

De todas maneras, la cultura se ha detenido en casi todos lados. Hoy los países están ocupados en competir por quién controla el mercado y en esa idea se ha eliminado la posibilidad de buscar estéticas que tengan la potencia que tuvo la dramaturgia de Samuel Beckett, quien fue el último autor de teatro revolucionario.

Frente a este panorama, ¿qué te impulsa a seguir haciendo?

– Las palabras “optimismo” y “esperanza” conmigo no corren. Yo hago. Hago lo que me parece, lo que me entusiasma y no espero a nadie. Soy de festejar, eso sí.

Hace algunos años fuiste noticia por ser padre de mellizas después de los 70. ¿Cómo te va con la paternidad en este momento de tu vida?

– Mis hijas ahora tienen 11 años. Ellas y mi novia son mis prioridades en la vida, más que el teatro. Me siento en la obligación de no perder los afectos alegres y la creatividad.

La paternidad sigue sorprendiéndome aún con 88 años, incluso cuando veo que me arrancan el teléfono de la mano y están metidas en entretenimientos viles de las pantallas. A veces esto me sobrepasa y me pongo nervioso porque veo que no tengo la capacidad para producir juegos que superen los ofrecidos por el sistema.

¿Las llevás al teatro?

– Cuando eran más chicas iban todos los domingos. Ahora las dos están estudiando teatro, son alumnas en Calibán.

La última: ¿te preocupa el paso del tiempo?

– Tengo miedo a morirme, pero no es un miedo que me paralice porque soy un pibe. La muerte es inminente, pero la pateo todos los días.

  • Las funciones del Festival Homenaje a Norman Briski tendrán lugar en espacios como la Universidad de las Madres, el Club El Campito del Barrio Padre Mugica, la Facultad de Filosofía y Letras, el Centro Cultural Paco Urondo, el Teatro Calibán y la Plaza de Mayo, donde habrá una intervención callejera.

Fuente: El Destape — Ver noticia original