“Hola, acá llegó Sandra, la Madonna Argentina”, decía mientras bajaba del auto frente a cámaras y fanáticos de la artista. Era 1996 y la cantante norteamericana había llegado al país para filmar Evita. Durante su viaje, Sandra, una fanática apasionada de San Justo, siguió cada paso de la reina del pop por la ciudad. Sus reversiones de los clásicos de la cantante y sus presentaciones la convirtieron en un ícono de la comunidad LGBTQI+.
En el primer piso del McDonald’s de San Justo, frente a la plaza, Sandra se queja de que no se puede usar el baño si no se compró comida en el lugar. Le saca la lengua al de seguridad mientras no la ve. Está sentada en una mesa grande con un look completamente negro, con medias rotas, borcegos, pulseras que ocupan la mitad del antebrazo, anteojos de sol que no se va a sacar en ningún momento de la entrevista, y labios rojos. “Madonna para mí es el amor de mi vida y un ángel”, asegura.
Descubrió a la cantante mirando MTV, en los ’80. El primer video que vio fue el de Like A Virgin, y desde ese momento, se convirtió en la mayor inspiración en la vida de Sandra. Ya le gustaba cantar y bailar, pero ahora tenía a quién seguir, una coreografía para imitar y un estilo de vida al cual aspirar. Sandra se veía en Madonna. “Me gustó porque usaba muchos collares, me gustó su forma de bailar, su manera de ser. Vi que usaba lo mismo que yo, o sea, había algo casi igual en la vestimenta” explica.
Empezó a trabajar a los 14 años, y en ese momento empezó a comprarse ropa y accesorios para acercarse más a la imagen de Madonna que buscaba alcanzar. “Ella me incentivó a tener una vida más sana. No sé qué hubiese sido de mi vida si no la hubiese conocido, porque empecé a hacer muchas cosas por ella”, cuenta. Así, empezó a copiar su dieta y seguir sus ejercicios: “Ella sí me enseñó cómo cuidarme, cosa que mi familia no”.
Sandra creció en una casa donde sufría de violencia física: su mamá la maltrataba y le pegaba. Su papá no, pero cuenta que era parte de una religión con una mirada conservadora que rechazaba el estilo de vida que ella quería llevar, por lo que le decía que era una oveja negra. “Yo infancia no tuve, por eso dije que Madonna es mi salvadora”, explica. Cuando su padre murió, ella no podía costear el velorio ni el cajón, y fueron sus amigos del club de fans de Madonna quienes reunieron plata para cubrir lo necesario.
Su estilo de vida y su fanatismo por la cantante le trajeron complicaciones en sus vínculos amorosos. Muchas veces se encontró con que ambos aspectos no son compatibles entre sí, siendo que sus parejas no estaban de acuerdo con su devoción a Madonna: “Yo soy una mina libre y ellos quieren la posesión. A mí me gusta estar sola… soy libre”, dice. Sin embargo, encuentra un apoyo en su hijo, quien filma los videoclips para sus covers y los publica en YouTube.
Además, comenta que a través de sus presentaciones en boliches gays y su propia experiencia con la discriminación logró forjar un lazo estrecho con la comunidad: “Yo para ellos fui una madre, porque fueron discriminados por mucha gente, por sus padres fueron echados a la calle”. Desde hace tres décadas que vive de la música, dando presentaciones y cantando las canciones originales de Madonna y reversiones propias de los clásicos traducidos al español, ya sea en boliches, cumpleaños e incluso en plazas del Oeste.
Fuente: Clarín — Ver noticia original