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Katia Iaros: brilló como vedette en la época de oro de la revista, se retiró para dedicarse al yoga y, a los 84, vuelve a los escenarios

Compartió marquesina con figuras como Nélida Lobato, José Marrone y Nélida Roca, y también tuvo un destacado paso por comedias televisivas, pero un día decidió dar un paso al costado
Katia Iaros: brilló como vedette en la época de oro de la revista, se retiró para dedicarse al yoga y, a los 84, vuelve a los escenarios

Su pasión era la danza y durante años se ganó la vida bailando. La casualidad la llevó a hacer teatro de revista y fue una de las vedettes más sensuales de los setenta. Katia Iaros compartió escenario con Nélida Lobato, Nélida Roca, Don Pelele, Adolfo Stray y José Marrone, y en televisión fue parte de ciclos como Hupumorpo y Comicolor, pero se retiró cuando se convirtió en madre para dedicarse a sus hijos. Durante casi 30 años dio clases de Raja Yoga en la Universidad Espiritual Mundial Brahma Kumaris, con sede en la India y ahora, a los 84 años, vuelve a las tablas con el espectáculo Te veo.

En una charla íntima con LA NACION, la actriz repasa su historia, cuenta anécdotas de sus años como vedette y revela el misterio detrás de su nombre artístico.

Tras varios años alejada de los escenarios, Katia Iaros vuelve con un espectaculo teatral

-¿Cómo fue la primera vez que te pusiste plumas?

-Llegué a la revista de casualidad, porque yo estaba en el ballet de Canal 13 con María Magdalena. Éramos un grupo de chicas que íbamos con el bolso de un canal a otro, ensayando y actuando en diferentes programas. Hasta que Canal 13 hizo una temporada en el Teatro Avenida. No era una revista, sino un espectáculo musical. No sé qué me vio María Magdalena que me dio un cuadro musical donde yo hacía de vedette. Cuando había un debut, ese primer día iban todos: actores, productores, directores, periodistas. Y recuerdo que cuando terminamos muchos, entre ellos Diana Maggi, pasaron por el camarín a saludar y me decían que tenía que ser vedette. Yo no sabía lo que era un teatro de revista, no tenía la menor idea de lo que hacía una vedette.

-Todo un mundo nuevo…

– Claro… Pasó el tiempo y al mes se me terminó el contrato y me quedé sin trabajo, así que me acordé de lo que me habían sugerido esa noche y me presenté a unas pruebas que estaban tomando en el Teatro Maipo, cuyo productor era Alberto González. Entré como media vedette; la vedette era Susana Brunetti. Tenía un cuadro musical y un sketch y me acuerdo que uno de los acomodadores, que era muy simpático, me decía que no se escuchaba cuando hablaba. Claro, yo era bailarina y no actriz. Entonces tomé clases de canto, y cuando hablaba en el escenario me escuchaban hasta de la calle (risas).

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-¿Cómo era en ese entonces el mundo de las vedettes y los capocómicos?

-Trabajé con las hermanas [Norma y Mimí] Pons, con Nélida Lobato, Nélida Roca, Don Pelele, Dringue Farías, Adolfo Stray, Marrone. Yo me llevaba bien con todos, pero no era amiga de nadie. Por mi personalidad, supongo. Con Don Pelele hacíamos el sketch antes del final, y era muy amoroso y me decía que hiciera de cuenta que estaba en la cocina de mi casa, que hablara tranquila. Pero resulta que una noche estaba en pleno sketch, dije mi bocadillo y él no salía a escena. Me puse nerviosa y empecé a improvisar, porque no llegaba… Se había quedado dormido en el camarín (risas). Dringue Farías era muy amoroso también. Y Nélida Lobato era muy seria… Cuando ella llegaba, todo el mundo quedaba calladito. Era muy profesional y siempre estaba sola. Entonces, fui al camarín dos o tres veces para entablar una relación, pero no, era muy reservada. Nélida Roca era muy imponente; caminaba nada más, pero tenía una presencia. Ella tenía problemas de artrosis y un día el productor me pidió que la reemplazara porque no iba a poder hacer la función. Y yo dije: “¿Qué voy a hacer si ella solo camina y no baila?”. “Arreglate”, me respondió. Me inventaron un traje, salí e inventé un baile. Al día siguiente, ella vino y me trajo un perfume de regalo, en agradecimiento. Las temporadas eran de seis meses y yo ya había hecho varias, pero no usaba conchero sino un bikini, como de playa. El productor me dijo que la próxima temporada iba a ser vedette, pero tenía que usar conchero. Le dije que no, porque yo quería demostrar que bailaba, no que iba a mostrar el cuerpo. “Ni aunque me lo pida el presidente voy a usar esa tirita”.

-¿Y nunca lo usaste?

-Esa temporada trajeron a Violeta Montenegro como vedette y no me pusieron a mí. Entonces hablé con González y le dije “ahora uso la tirita” (risas).

-En televisión trabajaste con los uruguayos durante diez años, ¿cómo fue la experiencia?

-Espectacular. También entré a la televisión por casualidad. Había un programa que se llamaba La cola del Prode, y el protagonista era Pedro Quartucci. Yo tenía 20 años, recién había entrado, y tenía un cuerpo que llamaba la atención…. Entonces me hacían subir la escalera. Esa cosa de doble intención. Después con los uruguayos en Hupumorpo y Comicolor. Era un grupo maravilloso. En diez años nunca hubo una pelea. Nunca hubo una mala onda. Nos reíamos tanto. Yo me divertía muchísimo. Me acuerdo que en uno de los ensayos, Ricardo Espalter un día me dijo “a vos te pagan para que te vengas a reír”. Era genial. Lo pasamos fenómeno. Y salíamos los fines de semana salíamos de gira por las provincias. En el sketch de Toto Paniagua, Espalter era un grosero y Enrique Almada el profesor que le enseñaba buenos modales. Cuando salíamos los fines de semana era totalmente al revés: después de actuar íbamos a comer y Espalter era un señorito y Almada picaba de todos los platos (risas).

-¿Por qué te retiraste?

-Ya tenía mis hijos, Nicolás y Maximiliano, y trabajé un poquito más, pero dejé porque no quería perderme su crecimiento. Dejé todo por mis hijos. El papá era coreógrafo y estuvimos un tiempo juntos hasta que me quedé sola… Por esas cosas de la vida cada uno fue por su lado, así que los eduqué sola; fui mamá y papá de mis hijos.

-¿Cómo te ganabas la vida?

-Nací bailando, y en aquella época iba a los boliches con una amiga y bailábamos solas. Una noche me vio un representante, Fernández, y me propuso armar un show y hacer presentaciones. Dije que sí porque de algo tenía que vivir. Un amigo me escribió temas musicales… No soy cantante, pero no desafino, y preparé un show con unas cuantas canciones, e íbamos a trabajar en lugares insólitos: una vez, en un pueblito, el boliche era un vagón de tren. Lo hice durante varios años.

-¿En qué momento descubriste el yoga?

-Fue cuando mi tercer marido, porque tuve tres maridos, estuvo un año con depresión: o miraba televisión doce horas o dormía doce horas. Entonces sobrevivíamos como podíamos porque yo ya no trabajaba, y él tampoco. Un día salí al jardín, y mirando al cielo dije: “Mi nombre artístico es Katia Iaros. Mi nombre civil Luisa Ismenia Fernández Blanco. ¿Quién soy?”. Al día siguiente una de mis hermanas me dijo que a la vuelta de su casa daban clases de yoga gratis. Y fui, para hacer algo. Cuando llegué, una señora me dijo que no era yoga físico, sino espiritual, para la mente. Y me quedé. En la primera clase hablaron de la pregunta que me había hecho, ¿quién soy yo? Alguien me escuchó. Y seguí. Me formé durante muchos años, di clases también. Ahora no practico yoga, pero medito y sigo esa filosofía. Estoy jubilada.

-¡Pero volviste a subirte a un escenario a los 84 años!

-Sí. Hace un año tuve una especie de revelación… Me gusta mucho escuchar música y escribir poemas cortitos. Y escuchando un tema musical se me presentó un show basado en el amor. Porque me di cuenta que a la gente le falta mucho amor. Lo preparé y no me costó nada… Salió todo rápidamente: la música, el vestuario. Se llama Te veo y saqué el nombre de la película Avatar en la que no dicen te amo sino te veo. Hablo con la gente de amor, de la conexión, de los vínculos. Lo hice en San Telmo, en el Mitos, y ahora espero seguir. A pesar de mis 84 años quiero seguir trabajando.

-¿Quién te puso el nombre artístico?

-Yo (risas). Estudié danzas clásicas de chiquita y la cuna de la danza clásica era Rusia, el ballet ruso y demás. Quería irme a Rusia para internarme en un colegio para bailar todo el tiempo. Y entonces mi papá me sugirió que me pusiera un nombre ruso. Así que me lo inventé yo… Katia Iaros suena a ruso… Era más largo el apellido, pero quedó así. Ahora soy Katia para todo el mundo. Mi nombre verdadero no existe.

Fuente: La Nación — Ver noticia original