
En el mundo, hay cada vez más personas que padecen algún tipo de alergia: hoy afecta a más del 20% de la población y las proyecciones indican que en unos 15 años esa cifra trepará al 50%. Cuáles son los hábitos que debemos cambiar para protegernos.
En las últimas décadas, quienes atendemos en el consultorio e investigamos la evidencia científica observamos un fenómeno innegable: las enfermedades alérgicas están en franco aumento. Se calcula que hoy más del 20% de la población mundial padece algún tipo de alergia. La evidencia indica que si mantenemos el rumbo actual, en diez o veinte años la mitad de los habitantes del planeta será alérgica.
Frente a una transformación tan acelerada, la genética no tiene la respuesta; los cambios en el ADN humano requieren siglos. La clave está en qué podemos hacer para ayudar a nuestro organismo a protegerse. En definitiva, las alergias nos obligan a preguntarnos cómo estamos viviendo y pensar en hacer un cambio.
Desde la perspectiva inmunológica, la alergia es una alteración de la tolerancia. El sistema inmunitario cumple dos funciones esenciales: defender al organismo de amenazas reales y tolerar aquello que es inofensivo. Cuando esa capacidad de tolerancia se pierde, el cuerpo sobreactúa respondiendo de forma equivocada y exagerada ante estímulos inocuos —como pólenes, alimentos o ácaros—, desencadenando procesos inflamatorios crónicos.
El espectro de las alergias es amplio. Va desde la rinitis alérgica —que en Argentina afecta a más de seis millones de personas— hasta patologías severas, mucho menos frecuentes, como el asma grave o las anafilaxias.
En los últimos años, la ciencia ha demostrado que el eje de esta regulación está en la microbiota: el conjunto de microorganismos que educan al sistema inmune. La vida moderna, sin embargo, la agrede constantemente. Y acá aparece una clave: en vez de pensarnos como víctimas de la herencia familiar o de las circunstancias de la época, podemos observar responsablemente nuestras conductas y tomar nuevas decisiones que vayan tanto a favor del ecosistema general como del equilibrio interno.
Si bien los primeros mil días de vida (gestación y primeros dos años) son la gran ventana de oportunidad para esa “educación” de la microbiota—privilegiando la lactancia y la alimentación variada desde los seis meses—, nunca es tarde para reconfigurar nuestros hábitos.
Por empezar, es importante nutrir la microbiota con comida real, esto significa adoptar un patrón alimentario variado, rico en fibras, verduras, frutas, legumbres y grasas saludables (como el aceite de oliva) que favorecen su diversidad. También, evitar el uso de antibióticos sin indicación médica, puesto que cada ciclo no indicado destruye bacterias clave en el intestino que tardan meses en recomponerse, debilitando la tolerancia inmune. Otro pilar a reconquistar es que volvamos a reconectar con la naturaleza, salir al aire libre y exponerse moderadamente al sol para sintetizar vitamina D: el exceso de pantallas y la falta de contacto con la tierra o los animales disminuyen la diversidad biológica que nuestro sistema inmune necesita para calibrarse. A su vez, hay un factor que corre transversalmente: la posibilidad de reducir el estrés.
Para quienes tienen alergias, el cambio climático sumó intensidad a los síntomas. Las temperaturas récord que extienden los períodos de polinización y tormentas que fragmentan los alérgenos ambientales, agravan por ejemplo los síntomas respiratorios. Sin embargo, hoy nadie debería resignarse a sufrir esos embates: un diagnóstico preciso nos posibilita a los profesionales diseñar tratamientos efectivos y personalizados, con antihistamínicos de segunda generación, corticoides locales o inmunoterapia (vacunas sublinguales o inyectables), que deben adaptarse a cada persona.
Modificar la forma en que comemos, nos medicamos, nos relacionamos con el entorno y lo cuidamos no son modas. Son las herramientas concretas que tenemos para devolverle al cuerpo la capacidad de vivir en equilibrio.
Fuente: Infobae — Ver noticia original