Dicen quienes entienden de los mecanismos del cerebro que nuestro órgano pensante tiende a buscar el menor gasto de energía posible y, por ello, le resulta más cómodo aceptar ideas preconcebidas, que validan de manera automática sus suposiciones, que establer mecanismos complejos de análisis, interrogación y crítica. Dicho en plata, nuestro cerebro prefiere creer antes que pensar, sencillamente porque pensar siempre es más pesado y costoso. Además, las creencias y los dogmas reducen la ansiedad, otorgan certidumbres allí donde había miedos, y generan una sensación de grupo que da seguridad. Los pensamientos, en cambio, exigen mucho trabajo, alimentan la duda y singularizan al individuo alejándolo de la masa. Desde cualquier perspectiva, no hay un lugar más solitario y amargo que un pensamiento propio. Y, a pesar de todo, es el único lugar posible para ser un individuo libre. Quizás es exactamente esto lo que está ocurriendo: que cada vez da más miedo la libertad, tan acomodados en los dogmas de fe que hemos dejado de hacernos preguntas, porque ya tenemos todas las respuestas. Ese es el fenómeno que recorre estos tiempos de dogmas y consignas, donde interrogarse, disentir y pensar libremente se ha convertido en una herejía. Una herejía, que viralidad en mano, persigue, demoniza y cancela al hereje. Puedo hablar en primera persona porque las cicatrices ya son muchas, pero es el caso de la mayoría de aquellos que nos empecinamos en romper los relatos impuestos y exigimos complejidad donde impera el simplismo. Y en algunos temas, los costes personales pueden ser tan elevados, como necesaria la resiliencia. Cuestiones de género, Islam, humor…, son muchos los temas que están tan limitados por la imposición de la corrección política, que han dejado de ser materia dialéctica para pasar a ser dogmas de fe. Intentar debatir fuera de esos límites impuestos es zona de alto riesgo. Pero de todos ellos, el tema anatema por excelencia es el de Israel, cuyo debate ha sido completamente expulsado del escenario público, y su necesaria complejidad se ha reducido al territorio yermo del pensamiento reptiliano, allí donde habita la nada. Millones de palabras huecas, dogmas repetidos hasta el vómito, libelos consagrados en el templo de la oscuridad, todo viralizado hasta el infinito, sacralizado. Sobre Israel no se debate, ni se argumenta, sinó que se dogmatiza, se decreta, se criminaliza, y aquellos que intentamos introducir ideas complejas, somos barridos por la marea. De golpe todo el mundo que no sabe nada de geopolítica, lo sabe todo de Israel, aunque no sepa ni dónde está en el mapa. Y como todos tienen su momento viral, se convierten en voceros de la mentira, la repiten, la multiplican, la convierten en verdad. Hace años vaticiné que las redes serían como Goebbels con Internet, pero nunca imaginé hasta qué punto acertaba el pronóstico. El problema llega cuando ese fenómeno de pensamiento único que impide cualquier atisbo de disidencia, salta de la red a la vida, y entonces nos encontramos con los guardianes de la fe dogmática que persiguen a Rony Kaplan en Uruguay, o montan manifestaciones judeofobas en México, o prohiben la entrada de una escritora judía, Ariana Harwizc, en una universidad de Granada, o llevan a quien esto escribe a la fiscalía de delitos de odio de Barcelona, porque defender a Israel parece ser un crimen de lesa humanidad. Y todo ello, sin contar los actos violentos que desgraciadamente están arreciando. Perdonen la autorreferencia, pero me paro un momento en la denuncia que me interpusieron, no porque sea importante mi caso, sinó porque es el síntoma de esta tendencia que intenta destruir, en todos los ámbitos, el derecho a pensar diferente. Un grupo de extrema izquierda, que me había tirado pintura en una conferencia, y al que tengo en los tribunales, llevó mis posicionamientos a la fiscalía bajo la acusación de “delitos de odio” y “apología del genocidio”. El objetivo era conseguir que mi defensa democrática de Israel, mi convicción de que no ha existido tal genocidio, y mi ataque frontal al terrorismo palestino (que no, nunca, a los palestinos), eran delitos penales. Informes policiales, vacíado de mis artículos y conferencias, y meses después, la fiscalía ha archivado definitivamente la causa, ha considerado que ejercía mi derecho a opinar libremente y ha invalidado la acusación. Es decir, no han conseguido su propósito, pero el intento de silenciarme públicamente y cancelarme socialmente era claro. Y aunque esta vez no lo han conseguido en mi país, no me atrevo a asegurar que no lo consigan en otro momento, o con otra persona o en otro país. La tendencia es clara: se reduce la complejidad de los análisis, se simplifican hasta el delirio los conflictos, se impone un relato prefabricado e incontestable, y se masifica el pensamiento abeja, destruído todo atisbo de individualidad. Si ello es tendencia general, aún és más grotesco cuando se trata de hablar de Israel y la cuestión judía, atacada por masas ingentes de fanáticos iletrados que covierten el palestinismo en una nueva religión. Solo falta ver las imágenes de personas LGTB portando banderas de Hamás para entender hasta qué punto infinito puede llegar la estultícia. Habrá que resistir. No solo en la defensa de Israel, aunque en su defensa nos jugamos los valores occidentales y el modelo de sociedad libre. Pero más allá, se trata de la defensa del debate, contra la imposición del dogma, y del derecho incontestable a disentir, criticar y pensar más allá de las mareas. Los que me querían encausar, no buscaban matar mi pensamiento, sinó matar mi derecho a pensar, el mío y el de cualquiera que ose opinar en libertad. @RaholaOficial Web: https://pilarrahola.com Instagram: pilar_rahola/
Fuente: Infobae — Ver noticia original