Cambiaron sus hábitos de manera rotunda: 3 testimonios en primera persona hacia una vida más saludable

  • Dejar atrás el sedentarismo o la mala alimentación está entre los deseos de la mayoría.

Ya pasaron algunas semanas desde que comenzó 2024, y es un momento en el cual muchas personas se resignan y precipitadamente abandonan las promesas y/o objetivos planteados al terminar 2023. Y es que cambiar no resulta nada sencillo, como manifestó recientemente en una entrevista en la sección la experta en neurociencias María Roca.

Sin embargo, también sabemos que cambiar es posible. De hecho, es una de las más valiosas facultades que tiene nuestro cerebro: la neuroplasticidad.

En otra nota publicada en la sección, el neurocientífico Mariano Sigman hacía foco precisamente en demostrar que, con tiempo y esfuerzo, podemos hacer la mayoría de las cuestiones que pensamos que no podemos.

Sin ir más lejos, muchas veces nos llaman la atención testimonios que pueden leerse en clave de superación “No corría ni el colectivo y termine en una ultramaratón”, como el caso de la ultramaratonista Sofía Cantilo, “Me alimentaba con comida chatarra y comencé a cuidarme”, o “Fumaba 3 atados y ahora no fumo nada”.

¿Qué nos atrae de esos relatos? Algo del orden de la posibilidad. Si él pudo, yo también podría. Por eso, en un año que todavía está comenzando (aunque nunca es tarde para empezar el camino hacia una vida más saludable), esta nota cuenta tres historias de personas que, sin saber si lo lograrían, pudieron hacer algo (o mucho) para sentirse mejor.

¿Cómo hicieron ese clic? ¿Qué les permitió pasar de la intención a la acción? ¿Qué dificultades sortearon?

Si bien cada uno recorrió un camino diferente, hay un denominador común: en los inicios del cambio, siempre hay algún tipo de incomodidad, que motiva la intención de implementar modificaciones para sentirse mejor.

“De no hacer nada, pasé a necesitar correr todos los días”

El tweet fijado en la cuenta de Fátima Noriega aun tiene una vieja expresión de deseo: “Mi sueño es que me haga feliz correr. Ser como esa gente que necesita salir a hacer ejercicio. Que no le da fiaca ni lo hace por obligación. Que lo disfruta genuinamente. Eso quiero. Voy a fijar el tweet a ver si lo logro”.

La fecha del tweet es del 29 de enero de 2023. Ese día no imaginaba que solo 7 semanas después, correría su primera carrera, de 10 kilómetros. ¿Cómo lo logró?

Para relatarlo, se remonta a la etapa previa a este deseo: “Nunca me había enganchado con ningún deporte, ni con ninguna actividad física, de ningún tipo. Tampoco había sido ni hábil ni buena en nada. Probé hacer yoga, pilates, box, zumba y otros tipos de bailes, clase grupal, clase particular: nada me entusiasmaba”, recuerda.

Fátima empezó a correr para tener un momento a solas entre tareas laborales y familaires. Foto gentileza.
Fátima empezó a correr para tener un momento a solas entre tareas laborales y familaires. Foto gentileza.

“Quería una actividad que me gustara y que no me resultara una tortura, y la verdad que no lo encontraba”, refuerza.

La motivación estuvo más del lado de la presunción de una sensación y de la necesidad de un momento a solas, dedicado a su misma entre las tareas laborales y familiares, que de la mano de la necesidad de implementar hábitos saludables.

Cuando miraba en las series o películas que la gente salía a correr, algo la interpelaba. “Mismo cuando veía gente en los lagos de Palermo, notaba en el rostro de la gente que corría una sensación de libertad”, cuenta.

“Me parecía un sueño agarrar los auriculares, salir a correr y disfrutar de eso. Y la verdad que no creí que lo iba a lograr y empecé muy de a poco”, introduce.

Fátima Noriega en su primera carrera, a solo unas semanas de haberse propuesto empezar a correr. Foto gentileza.
Fátima Noriega en su primera carrera, a solo unas semanas de haberse propuesto empezar a correr. Foto gentileza.

Luego de leer blogs, notas con consejos y de ver videos, se bajó al celular una aplicación que recomendaba empezar de a poco, una caminata que paulatinamente va sumando momentos de correr.

También se hizo un chequeo clínico e hizo revisar su pisada: le recomendaron plantillas, por lo cual compró unas nuevas zapatillas y también un reloj que marcaba velocidad y kilómetros recorridos.

Se fue perfeccionando, se entusiasmó y sumó clases de funcional para fortalecer las piernas, y así fue que se animó a correr una carrera de 10 kilómetros a las pocas semanas de haber empezado este proceso.

La clave, según relata, es no exigirse. “A veces me cuesta salir, me da fiaca, pero el momento de estar corriendo y de sentir que el cuerpo te da para seguir, me motiva un montón. Lo que tiene de bueno correr en relación a otras actividades es que lo haces cuando vos querés, no tenés horarios”, describe, y cuenta que muchas veces sale sin ganas y termina corriendo mucho más de lo que creía. Así como hay días que se cansa más rápido, y se conforma con correr “lo que pueda”.

“Sigo un consejo que me dio el profesor: hago lo que puedo. Si hay un día que estoy muy cansada y empiezo a correr y a los quince minutos siento que no me da más el cuerpo, freno. Escucho mucho mi propio cuerpo”, cierra.

“Me sentía hinchada y cambié rotundamente mi alimentación”

Inés Rodríguez no tenía planeado cambiar su alimentación. De hecho, creía que “hacía las cosas bien”: se cuidaba en las comidas e intentaba no consumir alimentos en extremo calóricos. Sin embargo, y a pesar de que los exámenes médicos le daban bien, ella sabía que había algo que no funcionaba correctamente.

“Hacía muchos años que tenía dispepsia y meteorismo, me sentía hinchada, tenía gases y hasta mareos. Ya había hecho todos los estudios gastroenterólogicos, me habían dicho que tenía intolerancia a la lactosa, pero probé tomar todo deslactosado y seguía con el problema. Después evaluaban si era celíaca, pero me hicieron todos los estudios tradicionales, y no me encontraban nada”, recuerda.

Sin embargo, estaba resignando calidad de vida, ya que se sentía mal y molesta de la panza, casi todo el tiempo. Fue entonces que, siguiendo recomendaciones de un familiar, visitó a una médica integracionista, que cambió rotundamente su alimentación y le indicó que tomara algunos suplementos. Paralelamente, siguió controlando sus valores con su médico clínico de cabecera.

Inicio entonces un gran cambio: la médica integracionista le recomendó practicar ayuno intermitente, por lo que su sistema digestivo estaba en reposo entre 12 y 17 horas.

Además, le indicó dejar de hacer las compras de alimentos en el supermercado, ya que se trataba en su mayoría, aunque ella no lo sabía, de productos ultraprocesados; así como también eliminó de su dieta los lácteos y los azúcares tradicionales (consume una leche y un queso especiales, más naturales).

“Cambié el aderezo de las ensaladas, porque ya no uso aceto balsámico, y pasé a usar aceite de coco para cocinar. Las comidas son completamente distintas porque, como sugieren sacar las harinas, ya no desayuno tostadas, y el café está restringido”, describe.

Los cambios por lo general están motivados por una incomodidad. Foto Shutterstock.
Los cambios por lo general están motivados por una incomodidad. Foto Shutterstock.

Lo que más le costó no fue comer menos, sino implementar estos cambios, que implicaban comprar alimentos que desconocía, y dejar atrás, por ejemplo, los productos “light”. “Al principio recomiendan hacer unas semanas de desintoxicación que son más estrictas, después me fui acostumbrando”, relata.

“Es un proceso que lleva tiempo, porque tenés que estudiar y tenés una carpeta con las cosas que podés comer o no. Y lo tenés que consultar durante bastante tiempo hasta que te lo aprendes”, describe.

Afortunadamente, ese esfuerzo dio sus frutos, ya que mediante estos cambios en la alimentación, le dijo adiós a sus problemas estomacales, que, subraya, no revestían gravedad médica, sino que afectaban su calidad de vida.

“Cada persona que quiera iniciar uno de estos cambios se debe asesorar con un médico y un nutricionista, tanto en la alimentación como en la toma de suplementos, como el colágeno, el magnesio o el Omega 3”, advierte.

Se agitaba al pedalear 10 cuadras, hoy es biker y participa en carreras

Emanuel Ortiz estuvo mucho años sin hacer ningún tipo de actividad física.

De izquierda a derecha: Emanuel Ortiz y su grupo (Gustavo, José Luis y Marcelo), al final de una carrera en los 7 lagos. Foto gentileza.
De izquierda a derecha: Emanuel Ortiz y su grupo (Gustavo, José Luis y Marcelo), al final de una carrera en los 7 lagos. Foto gentileza.

“Previo a la pandemia, por lo menos 10 años antes, no hacía nada de ejercicio. Un día, se me ocurrió agarrar una de esas bicicletas que están disponibles en la ciudad, las que alquilan, para ir hasta el colegio de los chicos. Eran solo 16 cuadras, y me preocupé porque llegué al colegio con las piernas que me dolían, el corazón acelerado y falta de aire”, rememora.

“Empecé entonces a salir de a poco con la bici plegable, dos veces por semana, incrementando de a poco los kilómetros, primero eran 5, luego 6, después 10. Cuando llegué a los 15, fui a mirar una mountain bike y me la terminé comprando”, relata.

Ya con esa bicicleta se fue animando a hacer más kilómetros, hasta llegar a hacer 18 de ida y 18 de vuelta. Como suele ocurrir, lo paulatino de su camino hizo que casi lo sintiera como algo natural.

Así fue que comenzó a averiguar por grupos que salen a pedalear juntos, y se sumó a uno que iba hasta Tigre, comían, descansaban, y regresaban.

“La verdad que me sentía realmente inseguro -reconoce-, pero me mandé porque se trataba de un grupo para principiantes. Y a partir de ahí despegué: salir en grupo me encantó, y cada vez le compraba más cosas a la bici, yo me compraba ropa. De a poquito me fui armando y ahora me compré una bici aún mejor”, cuenta.

Ese camino tuvo como corolario, participar de una carrera en junio llamada “gran fondo argentino”, para lo que entrenaron dos veces por semana, y otra más exigente en el sur, por los 7 lagos. Hicieron 58 kilómetros (lo que se denomina medio fondo) en la ruta 40, hasta San Martín de los Andes. Y ya están pensando en la próxima carrera.